2 sept 2026

Europa: una generación que consume menos, pero que enfrenta otros riesgos

Los adolescentes europeos están consumiendo menos alcohol, fumando menos cigarrillos y utilizando menos cannabis que hace algunos años. No se trata de una percepción ni de una impresión aislada: es una tendencia que aparece con claridad en los datos de la última edición del European School Survey Project on Alcohol and Other Drugs (ESPAD), una de las investigaciones más importantes del mundo sobre consumo de sustancias entre adolescentes.

La encuesta 2024 relevó a 113.882 estudiantes de 15 y 16 años en 37 países europeos y permite comparar la evolución de los comportamientos durante tres décadas. Y el resultado es significativo: las sustancias tradicionales pierden presencia entre los adolescentes europeos.

El caso del tabaco es probablemente el más contundente. Entre 1995 y 2024, la proporción de estudiantes que alguna vez fumaron cayó del 68% al 32%. El consumo durante los últimos 30 días pasó del 33% al 18%, mientras que el consumo diario descendió del 20% al 8%. Es decir, en treinta años se produjo una transformación profunda de la relación de los adolescentes con el cigarrillo.

El alcohol también muestra una caída importante. El consumo alguna vez en la vida descendió del 88% en 1995 al 74% en 2024. El consumo durante los últimos 30 días pasó del 55% al 43%, mientras que los episodios de consumo intensivo descendieron del 36% al 30%. En algunos países, la transformación es todavía más marcada: Islandia, por ejemplo, pasó de un 56% de consumo reciente de alcohol entre los adolescentes a apenas un 12%.

Con el cannabis ocurre algo similar. Su prevalencia alguna vez en la vida llegó a un máximo del 18% en 2003 y 2011, pero descendió hasta el 12% en 2024, el nivel más bajo registrado por ESPAD desde que comenzó a medir este fenómeno en 1995. El consumo durante los últimos 30 días también cayó hasta el 5%. Incluso la percepción de disponibilidad del cannabis, que había aumentado durante años, descendió de 33% en 2019 a 27% en 2024.

En conjunto, el consumo de drogas ilícitas alguna vez en la vida pasó de un promedio del 19% en 2003 a 14% en 2024. Y el descenso no se limita al cannabis: también disminuyó el uso de otras drogas ilícitas.

Pero hay una cuestión todavía más interesante que los números: ¿por qué? La respuesta, por ahora, no puede reducirse a una sola causa. Y sería un error convertir una tendencia compleja en una explicación sencilla.

Una investigación basada en datos de ESPAD de 25 países comparó las pautas de consumo de alcohol entre 2003 y 2019 y encontró algunos factores asociados con el descenso: mayor control parental, menos salidas, menor consumo de tabaco y determinados cambios en las formas de utilización de internet. Los autores también señalan que las políticas sobre alcohol, las actitudes sociales, la representación del alcohol en los medios y una mayor conciencia sobre la salud pueden ayudar a explicar las diferencias entre países.

Hay algo particularmente interesante en esto. Durante mucho tiempo se pensó que para prevenir el consumo había que concentrarse casi exclusivamente en las sustancias. Había que hablar de alcohol, de tabaco, de cannabis, de drogas. Había que advertir sobre sus consecuencias y tratar de modificar las decisiones individuales.

Pero los datos europeos parecen contar una historia bastante más compleja. Los adolescentes están cambiando sus formas de relacionarse con el mundo. Salen menos. Fuman menos. Beben menos. Y también cambiaron sus espacios de socialización. Una parte importante de la vida adolescente se trasladó hacia los entornos digitales.

Y ahí aparece la paradoja de esta nueva generación.

Mientras disminuyen varias de las conductas tradicionales de consumo, aumentan otros comportamientos de riesgo. El uso de cigarrillos electrónicos se expandió fuertemente: el 44% de los estudiantes declara haberlos utilizado alguna vez y el 22% los utilizó durante los últimos 30 días. Entre 2019 y 2024, el consumo reciente de cigarrillos electrónicos pasó del 14% al 22%.

También aumentaron algunas conductas vinculadas al entorno digital. ESPAD registra un incremento de la percepción de uso problemático de redes sociales y un crecimiento importante del juego online y de determinadas formas de apuestas. Al mismo tiempo, el bienestar mental presenta diferencias importantes entre países y entre varones y mujeres.

Es decir: el riesgo no desapareció. Está cambiando de lugar. Y esta distinción es fundamental.

No estamos frente a una generación que simplemente se volvió "más sana". Estamos frente a una generación que parece haber reducido algunas conductas tradicionales mientras desarrolla otras formas de exposición y vulnerabilidad.

La propia EUDA advierte que el descenso de las sustancias tradicionales no necesariamente significa una reducción general del riesgo. El desafío consiste ahora en comprender cómo se relacionan el consumo de sustancias con los nuevos comportamientos digitales, el bienestar mental y las nuevas formas de socialización.

Hay, además, otro dato que merece especial atención desde la perspectiva de la prevención.

El 72% de los estudiantes europeos declaró haber participado durante los dos años anteriores en al menos una intervención preventiva. Pero no todas esas intervenciones son iguales. El 55% informó haber participado en actividades orientadas al desarrollo de habilidades sociales, personales o alfabetización mediática. ESPAD señala que este tipo de intervenciones, basadas en habilidades, tiene un potencial de efectividad mayor que las acciones centradas exclusivamente en información y concientización.

No alcanza para afirmar que la prevención sea la causa del descenso. Sería científicamente incorrecto hacerlo. Pero tampoco parece razonable ignorar que durante las mismas décadas en que disminuyeron algunas de las principales conductas de consumo adolescente, Europa fue desarrollando políticas de prevención, regulación, control del tabaco, restricciones a la publicidad, cambios culturales y nuevas estrategias de promoción de la salud.

Tal vez la pregunta más interesante no sea entonces por qué los adolescentes europeos consumen menos. Tal vez sea qué hizo Europa para que algunas conductas dejaran de resultar tan atractivas, tan normales o tan necesarias para pertenecer a un grupo.

Porque prevenir no siempre significa convencer a un adolescente de que abandone una conducta. A veces significa conseguir que esa conducta nunca llegue a convertirse en una parte importante de su vida. Y esa es, desde mi perspectiva, una de las grandes lecciones que dejan estos datos.

Durante demasiado tiempo hemos evaluado la prevención mirando cuánto sabe un adolescente sobre las drogas o si recuerda determinado mensaje después de una charla. Pero la verdadera medida de una política preventiva debería ser mucho más ambiciosa: qué conseguimos modificar en los contextos en los que los chicos crecen, se relacionan, se divierten y toman decisiones.

Los datos europeos muestran que algo está cambiando. No sabemos todavía cuánto de ese cambio responde a las políticas públicas, cuánto a transformaciones culturales, cuánto a los cambios en la familia y cuánto a la revolución digital. Probablemente sea una combinación de todos esos factores.

Lo que sí sabemos es que el consumo adolescente no es una fatalidad. Y eso, en tiempos en los que con demasiada frecuencia se presenta el consumo como algo inevitable frente a lo cual solamente queda enseñar a reducir sus consecuencias, es una noticia que deberíamos mirar con mucha más atención.

Porque si una generación puede consumir menos, también significa que las tendencias pueden cambiar. Y si las tendencias pueden cambiar, la prevención no está condenada a llegar siempre después del problema. Puede llegar antes.


Claves para entender

ESPAD 2024: la encuesta relevó a 113.882 estudiantes de 15 y 16 años en 37 países europeos.

Tabaco: el consumo alguna vez en la vida cayó del 68% en 1995 al 32% en 2024. El consumo diario pasó del 20% al 8%.

Alcohol: el consumo alguna vez en la vida bajó del 88% al 74%. El consumo durante los últimos 30 días descendió del 55% al 43%.

Cannabis: el consumo alguna vez en la vida cayó del 18% en los momentos de mayor prevalencia al 12% en 2024, el nivel más bajo registrado por ESPAD.

Drogas ilícitas: el consumo alguna vez en la vida pasó del 19% en 2003 al 14% en 2024.

Pero aparecen nuevos riesgos: aumentan el uso de cigarrillos electrónicos, determinadas formas de apuestas y los problemas asociados al uso intensivo de redes sociales y otras conductas digitales.

Prevención: el 72% de los estudiantes declaró haber participado en al menos una intervención preventiva durante los dos años anteriores. El 55% participó en intervenciones orientadas al desarrollo de habilidades sociales, personales o alfabetización mediática.

La gran pregunta: Europa está consiguiendo que varias conductas de consumo pierdan presencia entre los adolescentes. El desafío ahora es entender qué combinación de cambios culturales, familiares, sociales, regulatorios y preventivos hizo posible esa transformación.

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6 ago 2026

La kriptonita invertida: cuando una droga empieza a representar poder

Hubo una época en la que los héroes obtenían su fuerza de lugares muy distintos a las drogas.

Popeye recuperaba su poder con una lata de espinacas. He-Man levantaba su espada y encontraba su fuerza en el poder de Grayskull. En los videojuegos, los personajes avanzaban acumulando experiencia, superando desafíos, encontrando herramientas o utilizando elementos fantásticos propios de mundos imaginarios. Sonic obtenía velocidad y protección al reunir anillos durante su recorrido. Pac-Man podía enfrentar a sus enemigos al encontrar las clásicas píldoras de poder dentro de un universo completamente fantástico. En Pokemon, la evolución de los personajes estaba asociada al entrenamiento, al aprendizaje y al vínculo construido durante el camino.

La idea que atravesaba esos relatos era siempre similar: el poder aparecía como consecuencia del esfuerzo, la exploración, la inteligencia, la perseverancia o la imaginación. Los personajes crecían porque aprendían, porque superaban obstáculos o porque desarrollaban nuevas capacidades dentro de sus propios mundos.

Incluso Superman, uno de los personajes más poderosos jamás creados, tenía un límite. La kriptonita, un elemento inexistente en nuestro mundo, representaba aquello capaz de quitarle sus capacidades extraordinarias. Era una forma simbólica de recordar que hasta los más fuertes podían ser vulnerables.

Los videojuegos también fueron, durante años, un espacio utilizado para transmitir mensajes preventivos. Un ejemplo paradigmático fue la campaña institucional estadounidense Winners Don't Use Drugs, una iniciativa impulsada por la Administración para el Control de Drogas (DEA) que apareció durante años en miles de máquinas arcade antes del inicio de las partidas.

La frase era breve, directa y cargada de simbolismo: quienes ganaban no necesitaban drogas. El mensaje vinculaba el logro, la superación y la competencia con el esfuerzo personal, no con el consumo de sustancias. No se trataba solamente de una advertencia sanitaria, sino de una construcción cultural sobre qué comportamientos eran asociados al éxito y cuáles representaban un obstáculo.

Millones de niños y adolescentes estuvieron expuestos a esa idea sin que necesariamente la percibieran como una "campaña". Formaba parte del entorno en el que jugaban, competían y se divertían. Era una forma de prevención que entendía algo fundamental: los imaginarios sociales también se construyen en los espacios cotidianos donde las personas aprenden qué cosas tienen valor.

No eran mensajes propagandísticos ni subliminales. Todo esto constituía un relato organizado. Eran símbolos. Eran pequeñas construcciones culturales que transmitían una idea sobre qué cosas fortalecían a una persona, cuáles la debilitaban y qué conductas una sociedad elegía admirar.

Hace unos días conocí, a través de un grupo de trabajo, la existencia de un videojuego de conducción en el que un personaje puede volverse prácticamente invencible después de consumir cocaína. La escena, por sí sola, resulta simbólicamente poderosa: una sustancia asociada en el mundo real al deterioro y la pérdida de control aparece dentro de una narrativa de velocidad, dominio y capacidad ilimitada.

No se trata de discutir un juego específico ni de atribuirle la capacidad de determinar una conducta. La relación entre una representación cultural y una decisión individual es mucho más compleja. La pregunta es otra: ¿qué significa que, dentro de ciertos relatos contemporáneos, una droga pueda ocupar el lugar que antes ocupaban los elementos asociados al poder, la inteligencia o la superación de obstáculos? 

Los cambios culturales no ocurren de manera repentina. Se construyen lentamente. Se acumulan mensajes, imágenes y relatos que, con el tiempo, modifican la manera en que una sociedad interpreta determinados fenómenos. Lo que alguna vez parecía extraño puede comenzar a parecer normal. Lo que generaba rechazo puede empezar a presentarse como una característica más de la vida cotidiana.

Durante años vimos cómo las drogas fueron ocupando nuevos lugares dentro de los imaginarios sociales. La banalización de los riesgos, la idea de que todo daño puede ser relativizado y la transformación de determinadas sustancias en símbolos de transgresión, éxito o pertenencia fueron modificando lentamente sus significados.

Sería un error afirmar que un videojuego hará que un niño o adolescente consuma cocaína. La relación entre una representación cultural y una conducta individual es mucho más compleja. Pero también sería ingenuo pensar que esos mensajes no tienen ninguna importancia, o que son inocuos.

Las personas no aprenden solamente en la escuela o dentro de sus familias. También aprenden jugando, mirando, escuchando y participando de los mundos digitales que forman parte de su vida cotidiana. Cada personaje transmite algo. Cada historia propone una mirada sobre la realidad. Cada símbolo ayuda a construir una idea sobre qué merece ser admirado.

Y quizás ahí aparece la comparación más inquietante con Superman. Durante décadas, la cultura popular utilizó elementos fantásticos para hablar de poder y vulnerabilidad. La kriptonita era peligrosa porque quitaba fuerza. Era la representación de un límite. Algo que el héroe debía evitar porque lo acercaba a su propia fragilidad.

Pero hoy comenzamos a observar una paradoja diferente: aquello que en el mundo real puede representar daño aparece, dentro de algunos relatos virtuales, como una herramienta para superar límites. La sustancia que debería simbolizar pérdida de control comienza a ser representada como una forma de adquirirlo. El problema no es que la ficción imagine mundos imposibles. La ficción siempre lo hizo. El problema aparece cuando los símbolos empiezan a invertirse. Cuando aquello que debería funcionar como advertencia comienza a ocupar el lugar del premio (y viceversa).

La prevención muchas veces se piensa como una charla, una campaña o una intervención frente a un problema ya instalado. Pero existe una prevención mucho más profunda y silenciosa: la que ocurre cuando una comunidad construye sus valores, sus referencias y sus imaginarios. Antes de aprender a tomar decisiones, aprendemos qué cosas tienen valor. Aprendemos qué admirar, qué rechazar, qué temer y qué perseguir. Una sociedad no solamente transmite información. También transmite maneras de mirar.

Por eso quizás la pregunta no sea solamente qué videojuegos están jugando nuestros hijos. La pregunta es qué mensajes estamos construyendo como sociedad sobre aquello que significa ser fuerte, exitoso o invencible.

Porque lo verdaderamente preocupante no es que un videojuego imagine una fantasía imposible. La ficción siempre lo hizo. Lo verdaderamente preocupante es el desplazamiento simbólico: que aquello que en la realidad representa un riesgo empiece a ocupar, dentro de algunos relatos, el lugar de la innovación, la invulnerabilidad y la capacidad de superar cualquier límite.

Claves para entender

  1. Los videojuegos también construyen imaginarios.
    No solamente entretienen: transmiten ideas sobre el esfuerzo, el éxito, el poder y aquello que una sociedad considera valioso.
  2. Antes, la fuerza estaba asociada al desarrollo de capacidades.
    En muchos relatos infantiles y videojuegos, los personajes crecían a través del entrenamiento, la inteligencia, la perseverancia o la superación de obstáculos.
  3. El problema no es un videojuego específico.
    La preocupación está en un cambio cultural más amplio: que una sustancia asociada al daño pueda aparecer representada como una herramienta para superar límites o alcanzar una supuesta invulnerabilidad.
  4. Los símbolos importan.
    Antes la kriptonita representaba la vulnerabilidad del héroe. Hoy algunos relatos empiezan a invertir esa lógica y presentan aquello que debería advertir sobre un riesgo como una fuente de capacidad extraordinaria.
  5. La prevención también trabaja sobre significados.
    Prevenir no es solamente informar sobre riesgos. Es construir una cultura donde las personas puedan desarrollar herramientas, vínculos y proyectos que hagan menos atractivas las falsas promesas de poder inmediato.

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15 jul 2026

Drogas: cuando las viejas respuestas ya no alcanzan


Quizás llevamos años discutiendo la respuesta equivocada para un problema que ya cambió de naturaleza. En un nuevo Día Internacional contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas, vale la pena formular una pregunta incómoda: ¿seguimos haciéndonos las preguntas correctas?

Durante décadas, el debate internacional sobre la problemática estuvo atravesado por una tensión permanente entre dos grandes enfoques: prohibición o legalización. De un lado, quienes defendían la prohibición desde un enfoque abstencionista. Del otro, quienes promovían distintas formas de modificación de los tratados internacionales, enfocándose en la legalización o la despenalización. Las posiciones eran intensas, muchas veces irreconciliables, pero compartían un supuesto básico: qué hacer con sustancias cuyos efectos, riesgos y patrones de consumo eran razonablemente conocidos. 

Sin embargo, mientras las posiciones se endurecían y las discusiones se volvían cada vez más endogámicas, a veces hasta estériles, algo estaba ocurriendo por debajo del radar. El mercado ilícito comenzó a transformarse a una velocidad que ninguna de esas categorías antagónicas, construidas en el siglo pasado, alcanzaba a explicar. Según el Sistema de Alerta Temprana de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), hasta la fecha se han identificado cerca de 1.400 nuevas sustancias psicoactivas en distintas partes del mundo. Cada año aparecen nuevas variantes químicas, análogos, mezclas y compuestos diseñados para producir efectos similares a los de sustancias ya conocidas, pero evitando controles regulatorios, restricciones legales o mecanismos tradicionales de detección.

Existe una expresión del idioma inglés utilizada frecuentemente para describir este tipo de fenómenos: "whack-a-mole", el popular juego de golpear topos que aparecen y desaparecen constantemente. Esta metáfora resulta cada vez más adecuada para describir lo que ocurre con algunas estrategias centradas en el control y la interdicción. Se identifica una sustancia. Se la prohíbe. Se restringe un precursor químico. Se fortalece un mecanismo de vigilancia. Y poco después aparece una nueva variante. Luego otra. Y después otra más. No importa cuántas veces golpeemos. Cada vez que creemos haber identificado el problema, el narcotráfico se mueve ligeramente de eje para producir la siguiente versión.

Si esa dinámica se vuelve permanente, el problema deja de ser una droga determinada y pasa a ser la capacidad del mercado ilícito para generar continuamente nuevas sustancias. Y cuando el problema cambia de esa manera, también empiezan a tambalear algunas de las categorías con las que intentamos abordarlo.

Prohibición o legalización. Penalización o despenalización. Control de la oferta o reducción de daños. Mientras seguíamos discutiendo respuestas, las preguntas comenzaron a cambiar. ¿Qué significa prohibir una sustancia cuando puede ser reemplazada por otra ligeramente modificada? ¿Qué significa regular una molécula cuando existen cientos de variantes potenciales esperando ocupar su lugar? ¿Qué significa reducir daños cuando ni siquiera conocemos con precisión cuál es el impacto de esas nuevas sustancias en el organismo? ¿Qué drogas vamos a legalizar?

La aparición constante de nuevas sustancias no es el único fenómeno que está poniendo en jaque algunas de las respuestas tradicionales. Buena parte de las estrategias internacionales de control se construyeron sobre una premisa básica: los precursores químicos constituían uno de los principales puntos vulnerables de las organizaciones criminales. Sin acceso a determinados insumos, la producción de drogas se tornaba casi imposible. Por eso numerosos países invirtieron enormes esfuerzos en controlar cadenas de suministro, importaciones, exportaciones y movimientos de estas sustancias químicas esenciales, para evitar su desvío hacia la elaboración ilegal de estupefacientes y drogas sintéticas. Pero incluso esa lógica empieza a mostrar limitaciones.

Uno de los fenómenos más inquietantes que comienzan a observarse en distintos mercados criminales es la búsqueda de autonomía química. ¿Qué significa? Organizaciones que ya no se conforman con producir drogas, sino que buscan producir también los insumos necesarios para fabricarlas. Afganistán ofrece, quizás, el ejemplo más contundente de esta transformación. 

Las incautaciones de metanfetamina en este país pasaron de menos de 100 kilos en 2019 a casi 2.700 kilos en 2021, un crecimiento que la propia ONU considera indicativo de una expansión muy significativa de la producción. Lejos de tratarse de una hipótesis teórica, los datos muestran que esta transformación ya está en marcha. Y lo más relevante es que el aumento de la producción vino acompañado de innovaciones en la obtención de precursores químicos. Porque cuando los productores locales descubrieron cómo extraer efedrina de la planta ephedra, que crece de forma silvestre en distintas regiones de Afganistán, la ecuación cambió por completo.

Si esa tendencia se consolida, estaríamos frente a la materialización de una de las peores hipótesis imaginables: organizaciones criminales cada vez más cerca de controlar toda la cadena de producción, desde los insumos básicos hasta la sustancia final. Lo que durante años fue una advertencia teórica comienza a parecerse cada vez más a una realidad concreta.

La pregunta ya no es únicamente qué hacemos con una determinada droga. El verdadero interrogante es qué hacemos cuando la capacidad de innovación química del mercado ilícito se vuelve potencialmente ilimitada. Allí radica, quizás, la principal diferencia entre el escenario actual y el de décadas anteriores. Porque cuando el fenómeno cambia de naturaleza, también comienzan a perder sentido algunas de las categorías con las que intentamos comprenderlo. El problema ya no parece ser una sustancia específica. El problema es la capacidad prácticamente ilimitada de crear nuevas sustancias.

Paradójicamente, cuanto más complejo se vuelve el mercado de drogas, más valor recupera una herramienta que durante años fue subestimada: la prevención. No porque el control de la oferta deje de ser importante. No porque la persecución penal, la asistencia o el tratamiento dejen de cumplir una función indispensable. Sino porque la prevención conserva una ventaja difícil de igualar: la posibilidad de actuar antes. Y otra quizás aún más importante: no depende de seguir el ritmo frenético de un mercado que se reinventa permanentemente. 

Las sustancias cambian. Los precursores cambian. Los mecanismos de producción cambian. La prevención, en cambio, trabaja sobre aquello que cambia mucho más lentamente: las personas, los vínculos y los contextos comunitarios.

Allí aparece una de las lecciones más importantes de esta nueva era. Mientras el fenómeno se vuelve cada vez más complejo, buena parte de nuestras discusiones continúa organizada alrededor de categorías heredadas de otro tiempo. La prevención recupera centralidad precisamente porque no necesita perseguir cada innovación del mercado para seguir siendo relevante. Y porque, frente a una realidad en permanente transformación, el desafío ya no consiste únicamente en decidir qué hacer con una droga determinada. El desafío es desarrollar respuestas capaces de adaptarse a un mundo que cambia más rápido que nuestras propias categorías para entenderlo.

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11 jun 2026

Del tabaco al cannabis: una profecía que empieza a cumplirse


Durante años, quienes observamos con preocupación los procesos de legalización y comercialización del cannabis advertimos sobre un riesgo que muchos consideraban exagerado. La pregunta era sencilla: si se abría un mercado legal multimillonario para la marihuana, ¿quién terminaría ocupando ese espacio? 

La respuesta parecía obvia. Las grandes corporaciones que durante décadas construyeron imperios económicos a partir de productos adictivos no iban a permanecer al margen. Tarde o temprano, el cannabis se convertiría en una nueva frontera de negocios.

Hoy esa hipótesis comienza a encontrar ejemplos concretos.

En los Países Bajos, parlamentarios de distintos partidos expresaron su preocupación luego de conocerse que Altria, la compañía anteriormente conocida como Philip Morris, busca ingresar indirectamente al experimento de producción regulada de cannabis que desarrolla el país. La operación se realizaría a través de Cronos Group, una empresa canadiense de cannabis de la cual Altria es uno de los principales accionistas y que se encuentra en proceso de adquirir CanAdelaar, el mayor productor autorizado dentro del programa neerlandés de cannabis regulado.

La noticia generó alarma entre dirigentes políticos que apoyan y también entre quienes cuestionan el experimento. Las críticas apuntan especialmente al historial de la industria tabacalera en materia de marketing, lobby político, minimización de riesgos sanitarios e influencia sobre la producción de conocimiento científico. Algunos legisladores advirtieron que permitir el ingreso de compañías vinculadas al tabaco podría comprometer la credibilidad y los objetivos de la experiencia regulatoria.

Sin embargo, para comprender la relevancia de esta noticia es necesario retroceder algunos años.

En 2018, Altria anunció una inversión de 1.800 millones de dólares en Cronos Group, una de las principales empresas de cannabis de Canadá. Aquella operación fue interpretada por muchos analistas como una señal de que las grandes tabacaleras ya estaban preparándose para expandirse hacia el negocio del cannabis. Lo que entonces parecía una apuesta estratégica de largo plazo hoy comienza a traducirse en movimientos concretos dentro de mercados regulados.

Lo que está ocurriendo en los Países Bajos reabre una discusión más amplia. ¿Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva industria dominada por actores con trayectorias similares a las que durante décadas caracterizaron al negocio del tabaco?

Investigadores y expertos citados en recientes informes internacionales advierten que varias compañías tabacaleras consideran al cannabis parte de una estrategia de diversificación que incluye nicotina, vapeadores y otros productos de consumo. También señalan preocupaciones vinculadas a la financiación de estudios, la construcción de narrativas favorables al mercado y la capacidad de influencia de estas empresas sobre los procesos regulatorios.

La situación resulta particularmente llamativa porque reproduce una dinámica observada anteriormente con el tabaco. Durante gran parte del siglo XX, las grandes compañías tabacaleras desarrollaron estrategias comerciales agresivas, ampliaron mercados, promovieron productos y disputaron regulaciones mientras se acumulaba evidencia científica sobre sus efectos sanitarios.

Para algunos observadores, la posibilidad de que esos mismos actores comiencen a ocupar posiciones relevantes dentro de la industria del cannabis representa una especie de profecía autocumplida. Aquello que durante años fue planteado como una advertencia empieza a tomar forma.

La discusión ya no gira únicamente alrededor de la legalización o la regulación del cannabis. También comienza a involucrar preguntas sobre quiénes controlarán el mercado, cuáles serán los incentivos económicos predominantes y qué lugar ocuparán los intereses comerciales en la definición de políticas públicas relacionadas con la salud.

A medida que más países avanzan en distintos modelos de regulación, la experiencia neerlandesa ofrece una señal que trasciende sus fronteras. El debate sobre el cannabis ya no se limita a la sustancia. También alcanza a los actores económicos que buscan posicionarse en un negocio con perspectivas de crecimiento global.

Y en ese escenario, una pregunta vuelve a cobrar fuerza: si las grandes tabacaleras ven en el cannabis una oportunidad estratégica de expansión, ¿estamos frente al nacimiento del gran negocio "sanitario" del siglo XXI?

Claves para entender

  1. La empresa Altria, histórica protagonista de la industria tabacalera, busca ingresar indirectamente al experimento de cannabis regulado de los Países Bajos a través de su participación accionaria en Cronos Group.
  2. Parlamentarios neerlandeses expresaron preocupación por el posible ingreso de compañías vinculadas al tabaco debido a sus antecedentes en materia de marketing, lobby e influencia sobre políticas públicas y producción científica.
  3. La relación entre la industria tabacalera y el cannabis no es nueva. En 2018, Altria invirtió 1.800 millones de dólares en Cronos Group, anticipando su interés estratégico en este mercado.
  4. Especialistas internacionales advierten que algunas compañías tabacaleras consideran al cannabis parte de una estrategia de diversificación junto con productos de nicotina y vapeo.
  5. El debate actual no se limita a la regulación del cannabis. También involucra quiénes controlarán el mercado y qué influencia tendrán los grandes actores corporativos sobre su desarrollo futuro.

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13 may 2026

Consumo de drogas y conducta suicida: qué muestra la evidencia científica

Estudios internacionales y datos argentinos advierten sobre la relación entre el consumo de alcohol y otras drogas y el aumento del riesgo de conductas suicidas, especialmente en adolescentes y jóvenes.

El vínculo entre consumo de sustancias y conductas suicidas aparece de manera consistente en investigaciones científicas realizadas durante las últimas décadas. Alcohol, cannabis, opioides, estimulantes y otras sustancias psicoactivas son señaladas en distintos estudios como factores asociados a la ideación suicida, los intentos de suicidio y el suicidio consumado.

La evidencia disponible indica que el consumo de sustancias puede influir sobre distintos factores vinculados al riesgo suicida, entre ellos la impulsividad, la desinhibición, el deterioro del juicio y la intensificación de síntomas depresivos o ansiosos. Los especialistas aclaran que no existe una relación automática o lineal entre consumo y suicidio, pero sí una asociación estadísticamente significativa observada en múltiples investigaciones internacionales.

Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, más de 700.000 personas mueren por suicidio cada año en el mundo. Dentro de los principales factores asociados aparecen los trastornos vinculados al consumo de sustancias y otros problemas de salud mental.

Uno de los trabajos más citados sobre el tema fue publicado en el Journal of Public Health y analizó 43 estudios internacionales con más de 870.000 participantes. La investigación concluyó que las personas con trastornos por consumo de sustancias presentan más del doble de riesgo de ideación suicida y aproximadamente dos veces y media más riesgo de intento de suicidio en comparación con la población general.

Más recientemente, un metaanálisis internacional publicado en 2024 encontró que las personas con abuso de sustancias presentan un riesgo de suicidio hasta 5,5 veces superior al de quienes no presentan este tipo de trastornos. El estudio identificó asociaciones significativas con el consumo de alcohol, cannabis, opioides, anfetaminas y tabaco.

La relación entre consumo y conducta suicida adquiere especial relevancia en adolescentes y jóvenes. Diversas investigaciones identifican al consumo de alcohol y drogas ilegales como uno de los factores frecuentemente presentes en intentos de suicidio en población adolescente, junto con síntomas depresivos, aislamiento social y antecedentes de violencia o vulnerabilidad psicosocial.

En Argentina, el suicidio constituye una de las principales causas de muerte entre adolescentes y jóvenes. Distintos informes advierten además sobre un aumento de indicadores vinculados a salud mental y conductas de riesgo durante el período posterior a la pandemia.

Un estudio basado en la Encuesta Mundial de Salud Escolar, realizado sobre casi 57.000 estudiantes argentinos de entre 13 y 17 años, analizó la relación entre consumo de sustancias y distintos niveles de riesgo suicida. La investigación encontró asociaciones significativas entre el consumo de alcohol, tabaco, marihuana y otras sustancias psicoactivas y la presencia de ideación suicida, planificación suicida e intentos de suicidio.

Los autores del estudio señalaron que determinados perfiles de consumo aparecen asociados a niveles más elevados de riesgo de comportamiento suicida en adolescentes escolarizados de Argentina.

Entre las investigaciones más relevantes sobre el tema se encuentra el estudio Substance use disorder and risk of suicidal ideation, suicide attempt and suicide death: a meta-analysis, publicado en 2016 en Journal of Public Health, que confirmó la asociación entre trastornos por consumo de sustancias y conducta suicida a partir de 43 estudios internacionales.

Otro trabajo destacado es Association of substance use with suicide mortality: An updated systematic review and meta-analysis, publicado en 2024, que identificó un aumento significativo del riesgo de suicidio asociado al consumo de distintas sustancias, particularmente opioides y anfetaminas.

En Argentina, una de las investigaciones más importantes es Perfil de consumo de sustancias psicoactivas asociadas a niveles de riesgo de comportamiento suicida en adolescentes argentinos, basada en población adolescente escolarizada y centrada en la relación entre consumo y riesgo suicida.


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19 feb 2026

Estudio revela que el cannabis no brindaría alivio al dolor nervioso crónico

Los medicamentos a base de cannabis suelen considerarse una opción prometedora para las personas que viven con dolor nervioso crónico, especialmente cuando los tratamientos estándar fracasan. Sin embargo, una revisión exhaustiva de la evidencia revela una situación mucho más cautelosa.

Una revisión Cochrane actualizada informa que aún no existe evidencia clara que demuestre que los medicamentos a base de cannabis proporcionen un alivio significativo a las personas con dolor neuropático crónico. A pesar del creciente interés en estos tratamientos, la investigación disponible no respalda su eficacia en comparación con un placebo.

El dolor neuropático crónico se desarrolla como resultado de daño nervioso y suele ser difícil de controlar. Los medicamentos estándar ofrecen un alivio significativo solo a un pequeño porcentaje de pacientes, lo que ha aumentado el interés en enfoques alternativos como los medicamentos a base de cannabis. Estos tratamientos pueden incluir cannabis medicinal o compuestos específicos extraídos de la planta, como el tetrahidrocannabinol (THC), y se administran mediante inhalación, aerosoles bucales, comprimidos, cremas o parches cutáneos.

Para evaluar la eficacia de estos tratamientos, los investigadores analizaron 21 ensayos clínicos con más de 2100 adultos. En cada estudio, se compararon medicamentos a base de cannabis con tratamientos placebo durante periodos de entre dos y 26 semanas.

Los productos examinados se dividieron en tres categorías principales. Algunos contenían principalmente THC, el compuesto psicoactivo del cannabis. Otros estaban compuestos principalmente de cannabidiol (CBD), un compuesto que no causa intoxicación. Un tercer grupo incluía productos con cantidades aproximadamente iguales de THC y CBD.

En las tres categorías, la revisión no encontró evidencia de alta calidad que indicara que los medicamentos a base de cannabis redujeran el dolor neuropático con mayor eficacia que el placebo. Si bien algunos pacientes que usaron productos que combinaban THC y CBD reportaron pequeñas mejoras, estos cambios no fueron lo suficientemente significativos como para considerarse clínicamente significativos.

La notificación de efectos secundarios varió considerablemente entre los ensayos, lo que limitó la confianza en los hallazgos de seguridad. La certeza general sobre los efectos adversos se calificó de baja a muy baja para todos los tipos de medicamentos a base de cannabis. Los productos con THC se relacionaron con tasas más altas de síntomas como mareos y somnolencia, junto con un posible aumento en el número de participantes que interrumpieron el tratamiento debido a los efectos secundarios.

Los autores concluyen que la evidencia actual sigue siendo débil e incierta, lo que resalta la necesidad de una investigación de mayor calidad antes de que se puedan recomendar medicamentos basados ​​en cannabis para el dolor neuropático crónico.

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11 dic 2025

¿El cannabis es medicina?


Muchas personas recurren al cannabis o al cannabidiol (CBD) para el dolor crónico, la pérdida de apetito, los trastornos del sueño y otras afecciones, creyendo que "natural" es sinónimo de "seguro y eficaz". Sin embargo, una reciente revisión exhaustiva publicada en el Journal of the American Medical Association (JAMA) sostiene que la evidencia del cannabis y los cannabinoides como tratamiento médico es limitada. Tras evaluar más de mil estudios, el cannabis y los cannabinoides siguen sin estar probados para la mayoría de los usos médicos.

El cannabis es una planta que contiene cientos de compuestos biológicamente activos (THC, CBD, cannabinoides menores, flavonoides, etc.), como el compuesto psicoactivo THC (delta-9-tetrahidrocannabinol), además de ingredientes no intoxicantes. El THC es responsable del efecto psicoactivo asociado al consumo de marihuana.

Dado que muchos consumidores de cannabis consumen la droga de forma crónica y algunos efectos (cardiovasculares, psiquiátricos y de dependencia) tardan años en manifestarse, se necesitaban datos a largo plazo, pero hasta hace poco no se contaban. Por ejemplo, la revisión de JAMA destacó el aumento de los riesgos cardiovasculares con el consumo diario de cannabis inhalado, y también que casi un tercio de los consumidores desarrollan adicción al cannabis.

Otros medicamentos controvertidos (como la ketamina y la psilocibina) se estudian rigurosamente bajo marcos regulatorios más convencionales, lo que permite demostrar su seguridad y eficacia con ensayos de la FDA bien diseñados y controlados con placebo , que incluyen dosis estandarizadas.

Los investigadores de JAMA realizaron una revisión exhaustiva de más de 1000 estudios. ¿En resumen? Los investigadores concluyeron que no había suficiente evidencia para la mayoría de los fines médicos. La conclusión principal es contundente: para la mayoría de las afecciones médicas para las que se usa cannabis o cannabinoides, incluidas algunas de las más comunes (dolor, ansiedad , insomnio ), la evidencia actual es insuficiente para respaldar su uso.

La falta de datos sólidos que favorezcan el cannabis como tratamiento para la ansiedad, el insomnio, la depresión , los trastornos alimentarios, el dolor crónico y otras afecciones es preocupante, ya que quienes padecen estos problemas suelen consumir cannabis con la esperanza de obtener alivio. Sin embargo, a pesar del uso frecuente fuera de indicación, la revisión no encontró ninguna opinión positiva, ni siquiera leve, que demuestre beneficios.

La falta de control de calidad del cannabis y los problemas de dosificación también son esenciales. A diferencia de los productos farmacéuticos convencionales, la mayoría de los productos de cannabis en el mercado no están estandarizados: la potencia, la formulación y la dosificación varían considerablemente.

El cannabis carece de evidencia como un medicamento verdaderamente aprobado por la FDA, y ambos tienen potencial de causar daños. En la mayoría de los casos, los riesgos del cannabis superan los beneficios aún por demostrar. Los expertos sostienen que el cannabis no es una terapia de primera línea, y consideran a los cannabinoides (donde es legal) solo después de que los tratamientos de primera línea basados ​​en la evidencia hayan fracasado.

El cannabis también tiene efectos adversos. La revisión de JAMA destacó que el consumo diario por inhalación se asocia con un mayor riesgo de enfermedad coronaria, infarto de miocardio y accidente cerebrovascular. Además, casi un tercio de los consumidores adultos de cannabis medicinal desarrollan un trastorno por consumo de cannabis.

El cannabis no es un milagro médico. Dado que han transcurrido décadas para demostrar su seguridad y eficacia, y que no se han presentado datos convincentes ni suficientes, no debemos exagerar sus beneficios. Por ejemplo, no existen indicaciones psiquiátricas aprobadas por la FDA para los cannabinoides, y la evidencia que respalda su uso terapéutico para trastornos psiquiátricos es limitada. La evidencia actual es insuficiente para respaldar la prescripción de cannabinoides para el tratamiento de trastornos psiquiátricos. Hasta la fecha, la evidencia que respalda la prescripción de cannabinoides más allá de las indicaciones de la FDA es más sólida para el manejo del dolor crónico y la espasticidad.

Existe evidencia clara de que los cannabinoides tienen potencial para causar daños, especialmente en poblaciones vulnerables como los adolescentes y aquellos en riesgo de sufrir trastornos psicóticos.

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8 oct 2025

El fin de las viejas categorías: integrar enfoques para una política de drogas efectiva


Thomas Kuhn sostenía que un paradigma sólo se derrumba cuando acumula tantas anomalías que deja de servirnos como lente. Entonces ya no explica, ni ordena, ni orienta. Hay palabras que envejecen mucho más rápido que las cosas que buscan nombrar. Algunas categorías se vuelven obsoletas y un estorbo, y en ese momento necesitamos algo nuevo para interpretar la realidad. Esa es la transición de paradigma que describe Kuhn: cuando las viejas palabras dejan de ser herramientas y se convierten en lastre, en peso muerto.

En el campo de las políticas sobre drogas viene sucediendo algo similar. Durante años hemos dividido las estrategias en dos categorías abarcativas: reducción de la oferta y reducción de la demanda. Reducir la oferta significa limitar la producción y el tráfico de drogas mediante controles policiales, judiciales, aduaneros e inteligencia criminal. Reducir la demanda apunta a prevenir el inicio del consumo, promover la asistencia y recuperación de las personas con adicciones, apuntalar la reinserción social y disminuir los daños.

Ambas son necesarias: una busca frenar la disponibilidad, la otra reducir la vulnerabilidad y el impacto en la sociedad. Sin embargo, y aunque el discurso oficial siempre las presentó como complementarias, en la práctica funcionaron de manera aislada y eso impidió la construcción de estrategias realmente integrales.

Hoy esas dos categorías, útiles en el momento de su génesis, resultan insuficientes para fenómenos que no reconocen fronteras rígidas. El auge de las drogas sintéticas lo demuestra con claridad: sustancias que se producen en laboratorios dispersos y móviles, que circulan simultáneamente por canales lícitos e ilícitos, y que alcanzan a consumidores cuya vulnerabilidad está atravesada por factores sociales, culturales y tecnológicos cada vez más complejos. En este contexto emergente, el viejo esquema de separar “oferta” y “demanda” ya no ofrece respuestas efectivas, del mismo modo que las tradicionales clasificaciones de tránsito, producción y consumo se vuelven obsoletas porque fragmentan una realidad que en el territorio se muestra entrelazada.

El problema emergente de las sustancias de síntesis (como el fentanilo) representa una amenaza radical para la salud pública, la seguridad y la cohesión social a nivel internacional, regional, nacional y local. Asimismo, introduce un reto cultural y político. Cultural, porque modifica patrones de consumo al incorporar sustancias de bajo costo, alta disponibilidad y efectos impredecibles que llegan con rapidez a poblaciones jóvenes y urbanas. Político, porque obliga a los Estados a repensar sus marcos de control, cooperación intra-agencias, vigilancia y estrategias preventivas.

La comprensión se vuelve difusa: ya no está claro qué sustancias se deben controlar, qué consecuencias sobre la salud se intentan prevenir ni a qué actor corresponde cada responsabilidad. Esa opacidad es lo que nos muestra que estamos ante un paradigma en crisis.

Pero el debate no es nuevo. Hace ya un tiempo que existe cierto consenso en reformular la forzada compartimentación oferta/demanda para orientar las acciones hacia un enfoque mucho más holístico e integrador, en el que la lógica de reducir la oferta y la demanda comience a funcionar como un sistema de vasos comunicantes, en el que los avances en un frente potencien los resultados en el otro (y viceversa).

Dicho de otro modo, sabemos que trabajar sobre la prevención temprana reduce la demanda de sustancias, recorta el mercado del narcotráfico y contribuye a mejorar los índices de seguridad ciudadana. Del mismo modo, poner el énfasis en la reducción de la oferta y venta de sustancias posibilita limitar la disponibilidad, encarecer el acceso y desincentivar el inicio en nuevos consumidores. Esto también debilita la capacidad de las redes criminales de expandirse en territorios vulnerables y abre espacio para intervenciones comunitarias sostenidas. Por eso, el desafío actual no es elegir entre enfoques, sino articularlos dentro de un nuevo paradigma integral que supere las viejas dicotomías. 

La tríada de la salud pública aplicada a la problemática de las drogas (objeto, sujeto y contextos) ofrece una posible vía para rediseñar y estructurar este incipiente nuevo paradigma. Ya no se trata de centrarnos en el objeto “drogas” (reducción de la oferta) o en las modalidades de relación que las personas establecen con ese objeto (reducción de la demanda). Si desplazamos la mirada hacia los contextos donde se producen, ofrecen, comercializan y consumen sustancias, podremos generar respuestas mucho más inteligentes: cooperación interinstitucional, urbanismo preventivo, entornos educativos fortalecidos y participación comunitaria como pieza clave.

Como dije anteriormente, no es cuestión de optar por oferta o demanda, sino de construir políticas que integren ambas dimensiones dentro de una estrategia de seguridad, salud pública y desarrollo social, y que incorpore la dimensión comunitaria. Esta conexión no significa perder autonomía por parte de las agencias gubernamentales ni subordinar a las organizaciones de la sociedad civil que trabajan en territorio a una lógica estatal rígida, sino establecer un intercambio bidireccional. El vínculo entre comunidad organizada y política pública termina potenciando la capacidad de respuesta y evita que las medidas nacionales se desconecten de la realidad local.

El Plan Bandera en Rosario constituye una experiencia ilustrativa de lo que puede significar un nuevo paradigma integral. El operativo articuló a la SEDRONAR, dentro de su marco de acción limitado dentro del Ministerio de Salud, con la Secretaría de Lucha contra el Narcotráfico y la Criminalidad Organizada del Ministerio de Seguridad en un esquema de intervención dual: la recuperación de espacios públicos y la contención territorial por parte de las fuerzas de seguridad, junto con la implementación de dispositivos comunitarios de prevención, asistencia y acompañamiento. 

Este modelo permitió accionar de manera simultánea sobre los mercados ilegales y sobre la vulnerabilidad social, evitando que la lógica de la seguridad quedara desligada de la lógica socio-sanitaria. Aunque todavía incipiente y con limitaciones en cuanto a su escala y sostenibilidad, la experiencia dejó un aprendizaje central: los resultados se potencian cuando la reducción de la oferta y la reducción de la demanda se piensan como parte de un mismo proceso y se anclan en la comunidad. El desafío pendiente es consolidar estas prácticas con organismos jerarquizados, presupuestos adecuados y coordinación estable, para que dejen de ser esfuerzos aislados y se conviertan en verdaderas políticas de Estado. 

El viejo paradigma ya no alcanza: ni explica, ni ordena, ni orienta. Frente al fenómeno global de las drogas sintéticas, seguir aferrados a categorías obsoletas resulta suicida. La oportunidad está en animarse a escribir nuevas palabras desde las políticas públicas, palabras que solo cobrarán sentido si nacen de la experiencia, la voz y la fuerza de la comunidad organizada.

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5 sept 2025

Estudio vincula la legalización de la marihuana en Canadá con una triplicación de casos de esquizofrenia

 


¿La liberalización del cannabis medicinal y la legalización del cannabis no medicinal en Canadá estuvieron asociadas con cambios en la fracción atribuible a la población de trastornos por consumo de cannabis asociados con la esquizofrenia? Un estudio de cohorte de base poblacional que se llevó a cabo en Ontario (Canadá) entre 13.588.681 personas de entre 14 y 65 años sin antecedentes de esquizofrenia, reflejó indicadores preocupantes en torno al consumo de cannabis y el desarrollo posterior o la aparición más temprana de psicosis y esquizofrenia. 

Mecanísticamente, la legalización aumentaría gradualmente el consumo de cannabis, lo que incrementaría la incidencia de psicosis, y las personas con psicosis incidente necesitarían entonces ser diagnosticadas en el sistema de salud. En consecuencia, los estudios que evalúan los cambios en la proporción de casos incidentes de esquizofrenia asociados al consumo de cannabis tras cambios en las políticas pueden proporcionar un indicador más temprano de las posibles asociaciones entre la legalización y la esquizofrenia.

Así, la política de cannabis en Canadá ha cambiado notablemente en las últimas dos décadas. El cannabis medicinal en Canadá ha sido legal desde 2001 para una lista limitada de condiciones médicas graves o crónicas y se amplió considerablemente en 2014 para cualquier persona con autorización médica de un médico que indique que se beneficiaría terapéuticamente del cannabis. En diciembre de 2015, el gobierno federal se comprometió a legalizar el cannabis no medicinal; después de este anuncio, hubo grandes aumentos en los dispensarios de cannabis medicinal y no medicinal ilícitos y del mercado gris, y en los vendedores en línea. La legalización del cannabis no medicinal entró en vigencia en octubre de 2018, convirtiendo a Canadá en el primer país del mundo en permitir la venta comercial de cannabis no medicinal. 

El estudio actual está situado en Ontario, la provincia más poblada de Canadá (14,5 millones de residentes). En Ontario, inicialmente hubo restricciones en la cantidad de tiendas de cannabis legal y los tipos de productos que podían salir al mercado. A principios de 2020, el mercado de Ontario comenzó a comercializarse con la introducción de nuevos productos con alto contenido de THC (concentrados, vaporizadores y comestibles) junto con la eliminación de las restricciones en las tiendas. Estos cambios de política, combinados con datos administrativos de salud robustos que capturan todos los encuentros del sistema de salud para todos los residentes de Ontario, brindan una oportunidad única para comprender la asociación de los cambios de política de cannabis con el riesgo de esquizofrenia.

A lo largo de los 17 años de estudio, 118.650 individuos (0,9%) tuvieron una visita de emergencia o una hospitalización por un trastorno por consumo de cannabis (TCC). Durante el período de estudio, 91.106 (0,7%) individuos desarrollaron esquizofrenia: 10.583 de 118.650 individuos con TCC (8,9%) desarrollaron esquizofrenia, en comparación con 80.523 de 13.470.031 individuos sin TCC (0,6%) . En comparación con las personas sin TCC, las personas con TCC tenían más probabilidades de ser hombres, ser más jóvenes (edad media 27,5), vivir en barrios de bajos ingresosy menos probabilidades de ser inmigrantes en Canadá. Los pacientes con TCC tenían niveles sustancialmente más altos de atención ambulatoria y aguda previa asociada con la salud mental y el uso de sustancias.

En este estudio de cohorte de base poblacional, la fracción atribuible a la población del trastorno por consumo de cannabis asociado con la esquizofrenia aumentó significativamente del 3,7 % en el período anterior a la legalización al 10,3 % durante el período posterior a la legalización. Estos hallazgos sugieren que la asociación entre los trastornos por consumo de cannabis y la esquizofrenia es una consideración importante para la legalización del cannabis.

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3 sept 2025

La mayor potencia y concentración de THC eleva el riesgo de psicosis

El cannabis presenta un riesgo significativamente mayor para la salud mental que hace dos décadas, según una investigación publicada en el Canadian Medical Association Journal. La concentración de tetrahidrocannabinol (THC) en el cannabis seco legal en Canadá aumentó cinco veces en los últimos 20 años, desde un 4% hasta un 20% en productos habituales.

Este incremento radical en la potencia encendió las alarmas entre expertos. El consumo regular de cannabis de alta potencia (más de un 10% de THC) vinculó con mayor riesgo de desarrollar psicosis, especialmente en hombres jóvenes con antecedentes de depresión o ansiedad.

Un análisis de 9.8 millones de historiales médicos en Ontario arrojó hallazgos contundentes. Las personas que requirieron atención de urgencias por consumo de cannabis enfrentaron un riesgo 14.3 veces mayor de desarrollar trastornos del espectro de la esquizofrenia. Este peligro escaló a 241.6 veces en casos atendidos por psicosis inducida específicamente por cannabis.

El tratamiento tras un primer episodio psicótico exige suspender inmediatamente el consumo, pues su continuidad elevó drásticamente las recaídas. Para síntomas graves, la medicación antipsicótica resultó esencial, mientras estrategias conductuales como terapia cognitiva demostraron eficacia para manejar adicciones y abstinencia.

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26 jun 2025

La inestabilidad mundial agrava el impacto social, económico y de seguridad del fenómeno mundial de las drogas

Una nueva era de inestabilidad global intensifica los retos para abordar el fenómeno mundial de las drogas, empoderando a los grupos de la delincuencia organizada y catapultando el consumo de drogas a niveles históricamente altos, afirma la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) en su informe Mundial sobre las Drogas, presentado hoy.

“Esta edición del Informe Mundial sobre las Drogas muestra que los grupos delictivos dedicados al tráfico de drogas continúan adaptándose, explotando las crisis y teniendo en la mira a las poblaciones en mayor situación de vulnerabilidad,” mencionó Ghada Waly, Directora Ejecutiva de UNODC. “Debemos invertir en prevención y abordar las causas raíz del tráfico de drogas en todas las etapas la cadena de suministro. Debemos reforzar las respuestas, aprovechando la tecnología, fortaleciendo la cooperación transfronteriza, proporcionando medios de vida alternativos y tomando acciones desde la justicia para combatir a los responsables que impulsan las redes ilícitas del tráfico de drogas. Mediante un enfoque coordinado e integral, podemos desmantelar a las organizaciones criminales, reforzar la seguridad global y proteger a nuestras comunidades.”

En 2023, cerca de 316 millones de personas consumieron alguna droga (excluidos el alcohol y el tabaco); es decir 6% de la población entre 15 y 65 años, frente a 5.2% de la población en 2013. Con 244 millones de usuarios, el cannabis continúa siendo la droga más utilizada, seguido de los opioides (61 millones), las anfetaminas (30.7 millones), la cocaína (25 millones) y el éxtasis (21 millones). Los nuevos grupos de personas en situación de vulnerabilidad que huyen de la inestabilidad y el conflicto podrían hacer que estas cifras incrementen, advierte el Informe.

El Informe incluye capítulos que abordan el tráfico de drogas y delincuencia organizada; afectaciones vinculadas al uso de drogas en las personas, sus familias, comunidad y la sociedad; así como el impacto medioambiental de las drogas en Europa.

El mercado global de cocaína bate su propio récord

La producción, incautaciones y consumo de cocaína alcanzaron nuevos máximos en 2023, convirtiéndose en la droga ilícita con mayor crecimiento de mercado. La producción ilegal se disparó a 3,708 toneladas, casi 34% más que en 2022. Las incautaciones mundiales alcanzaron un récord de 2,275 – lo que supone un aumento de 68% con respecto a 2019-2023. El consumo creció de 17 millones de usuarios en 2013 a 25 millones en 2023.

El Informe también señala que los traficantes de cocaína están encontrando nuevos mercados en Asia y África. La violencia y competencia que caracterizan el ámbito ilícito de la cocaína, antes confinado a América Latina, se está extendiendo a Europa Occidental a medida que los grupos de delincuencia organizada de los Balcanes Occidentales aumentan su influencia en el mercado.

El mercado de las drogas sintéticas se sigue expandiendo

Debido a los bajos costos de operación y reducidos riesgos de detección en las rutas de tráfico, el mercado de drogas sintéticas se expande velozmente a nivel mundial, predominando los estimulantes de tipo anfetamínico (ETA) como la metanfetamina y la anfetamina (incluido el «captagón»). Las incautaciones de ETA alcanzaron un máximo histórico en 2023 y representaron casi la mitad de las incautaciones globales de las drogas sintéticas, seguidas de los opioides, incluido el fentanilo.

La caída del régimen de Assad en Siria ha creado incertidumbre sobre el futuro del tráfico de captagón. Tras la transición política, se descubrieron grandes centros de manufactura de captagón en el país. Aunque este hallazgo podría interrumpir la oferta de la droga, los datos más recientes de incautaciones de 2024 y 2025 confirman que el captagón sigue fluyendo, principalmente a países de la península arábiga – lo que posiblemente indica la liberación de reservas acumuladas o la continuación de la producción en otras ubicaciones. 

El tráfico de drogas como negocio lucrativo

Aunque las estimaciones varían, el tráfico ilícito de drogas genera cientos de miles de millones de dólares al año para los grupos del crimen organizado, razón por la cual, estas organizaciones criminales innovan constantemente para aumentar la producción, encontrar nuevas formas de tráfico, utilizar la tecnología para encriptar comunicaciones y potencializar la distribución.

Si bien son estructuras complejas, las redes delictivas pueden desarticularse, pero para ello, es necesario un conocimiento a profundidad de los objetivos, estructuras y procesos de los grupos delictivos. El mapeo de los grupos delictivos puede resaltar sus vulnerabilidades, actores clave, facilitadores, así como señalar sus áreas de intervención. Las instituciones encargadas de aplicar la ley requieren invertir en tecnología y formación altamente especializada para enfrentar los retos contemporáneos que presenta la cadena de suministro de drogas.

Impactos por el uso de drogas

Los trastornos por consumo de drogas representan un costo enorme para las personas, las comunidades y los sistemas de salud. El creciente alejamiento del multilateralismo y la reasignación de recursos podrían intensificar el problema, señala el Informe.

El costo social por no abordar los trastornos vinculados con el uso de drogas es elevado – casi medio millón de muertes y 28 millones de años de vida saludable se perdieron por discapacidad y muertes prematuras (AVAD) en 2021. Se calcula que sólo una de cada 12 personas con trastornos por consumo de drogas recibió algún tipo de tratamiento en 2023. Factores como las políticas públicas contextualizadas y la disponibilidad de servicios de salud y sociales basados en la evidencia pueden ayudar a mitigar el impacto del consumo de drogas en las personas y las comunidades.

Cómo afectan las drogas al medio ambiente

El Informe señala que el consumo, cultivo y tráfico de drogas, así como las políticas públicas implementadas para hacer frente a las economías de las drogas ilícitas, afectan el medio ambiente en Europa. Entre las posibles consecuencias del cultivo y la producción de drogas figuran la deforestación, cambios en el uso del suelo y la contaminación del aire, la tierra y el agua.

El número de laboratorios clandestinos de drogas desmantelados aumentó en Europa entre 2013 y 2023. Esta fabricación produce importantes cantidades de residuos y puede acarrear considerables costes de limpieza y restauración del ecosistema. En contraste, el Informe constata que el daño medioambiental no es una prioridad a la hora de diseñar y aplicar las respuestas de las políticas antidroga, y que gran parte de los residuos y otros impactos medioambientales no se contabilizan.

Acceda al Informe aquí: www.unodc.org/wdr

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9 jun 2025

Vinculan enfermedades cardíacas precoces con el consumo de marihuana

Un nuevo estudio de la Universidad de California en San Francisco encontró que las personas sanas que fumaban marihuana regularmente o consumían comestibles con THC mostraron signos de enfermedad cardiovascular temprana similares a los fumadores de tabaco. Se trata de la primera investigación que analiza el impacto del THC en la función vascular en humanos.

El tetrahidrocannabinol (THC) es el componente de la marihuana que produce el efecto psicoactivo. Investigaciones previas con ratones detectaron daños en los vasos sanguíneos que suministran oxígeno a órganos vitales tras la exposición al humo de marihuana. Sin embargo, se desconocía si el humo de marihuana afectaría el sistema vascular humano.

“Encontramos que la función vascular se redujo en un 42% en los fumadores de marihuana y en un 56% en los usuarios de comestibles con THC, en comparación con los no usuarios”, dijo la autora principal del estudio, la Dra. Leila Mohammadi.

Una sola capa de células endoteliales recubre todos los vasos sanguíneos del cuerpo. Cuando funcionan correctamente, estas células especializadas liberan sustancias químicas como el óxido nítrico, que controlan la relajación y la contracción del canal, regulando así el flujo sanguíneo. Las células endoteliales sanas también participan en el crecimiento celular local y ayudan a prevenir la coagulación sanguínea.

Cuando las células endoteliales se inflaman, la acumulación de placa puede aumentar en las arterias con el tiempo, lo que puede causar infartos, accidentes cerebrovasculares e insuficiencia cardíaca. El daño a los vasos sanguíneos pequeños también puede causar enfermedades renales y pulmonares, coma, delirio y demencia.

Los cincuenta y cinco participantes del estudio se dividieron en tres grupos: personas que fumaron (no vapearon) marihuana tres o más veces por semana durante al menos un año, personas que consumieron comestibles con THC al menos tres veces por semana durante al menos un año y personas que no consumían. Ninguna de las personas de entre 18 y 50 años del estudio era fumadora o vapeadora de tabaco, y todas tenían poca exposición al humo de tabaco ajeno.

Los investigadores realizaron una ecografía en la arteria principal del brazo derecho de cada persona y luego les colocaron un manguito de presión arterial extremadamente apretado durante cinco minutos. Tras retirar el manguito, se volvió a escanear la arteria para comprobar su grado de dilatación o ensanchamiento para absorber el aumento del flujo sanguíneo, un proceso que requiere la liberación de óxido nítrico.

Según el estudio, el daño a las células endoteliales que regulan la dilatación se relacionó con la dosis. Los participantes que consumieron más marihuana presentaron un mayor riesgo de daño a los vasos sanguíneos que transportan oxígeno a los órganos.

“Un mayor consumo de cannabis, ya sea fumado o ingerido, se asocia con una función vascular más deficiente, lo que pone de relieve los riesgos cardiovasculares que aumentan con una mayor potencia y frecuencia de consumo”, afirmó Mohammadi.

Pruebas adicionales del cuello y el muslo verificaron la rigidez de las paredes de los vasos sanguíneos de cada persona. El estudio halló que, en comparación con quienes nunca habían consumido marihuana, los consumidores de cannabis no parecían presentar rigidez adicional en las paredes de los vasos sanguíneos.

Estudios previos han encontrado una fuerte relación entre el consumo de marihuana y enfermedades cardiovasculares posteriores. Un estudio de febrero de 2024 reveló que fumar, vapear o consumir marihuana conllevaba un riesgo significativamente mayor de infarto y accidente cerebrovascular, incluso si la persona no tenía afecciones cardíacas preexistentes y no fumaba ni vapeaba tabaco.

El riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular aumentó un 42% y el riesgo de sufrir un ataque cardíaco aumentó un 25% si se consumía cannabis a diario, y el riesgo aumentó a medida que aumentaba el número de días de consumo de marihuana, halló el estudio.

La Asociación Americana del Corazón recomienda abstenerse de fumar o vapear cualquier sustancia, incluidos los productos de cannabis, debido al posible daño al corazón, los pulmones y los vasos sanguíneos. Las directrices publicadas en 2020 mencionaron estudios que revelaron que podrían presentarse anomalías del ritmo cardíaco, como taquicardia y fibrilación auricular, una hora después de fumar marihuana con THC.

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24 ene 2025

Evalúan los efectos psiquiátricos del delta-8-THC y el impacto en la salud mental

La marihuana es la droga ilegal más consumida a nivel mundial. Las prevalencias de uso están aumentando debido a las flexibilizaciones normativas y legalización. El delta-9-THC es conocido por sus efectos psicoactivos y su potencial para inducir psicosis. En cambio el delta-8-THC, otro cannabinoide, está ganando popularidad a través de diversas vías de administración, y se lo ha vinculado a efectos adversos graves. El presente estudio revisó la literatura sobre los efectos psiquiátricos del delta-8-THC, particularmente la psicosis y las consecuencias graves para la salud mental, para destacar la necesidad de más investigación y regulación.

La búsqueda identificó 201 estudios, de los cuales 12 cumplieron con los criterios de inclusión para el análisis de texto completo. Se revisaron seis informes de casos, que involucraban a 9 pacientes. La mayoría de los pacientes eran hombres y tenían entre 20 y 30 años, con diversos antecedentes psiquiátricos, incluidos ausencia de antecedentes psiquiátricos, esquizofrenia, trastorno de estrés postraumático y trastorno de ansiedad generalizada. Los síntomas notificados incluyeron psicosis, labilidad del estado de ánimo y síndrome de hiperémesis cannabinoide. Los tratamientos variaron, con diferentes resultados clínicos.

Concluyendo, el delta-8-THC plantea riesgos psiquiátricos significativos a pesar de ser menos intoxicante que el delta-9-THC. La falta de regulación por parte de la FDA y la disponibilidad de productos con delta-8-THC aumentan estos riesgos. 

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9 ene 2025

Los precios proporcionales en la compra de alcohol podrían influir en los hábitos de consumo

El tamaño de las porciones, botellas y vasos de las bebidas alcohólicas influyen en el consumo de alcohol. Las personas consumen menos alcohol si el alcohol se sirve en porciones más pequeñas o se consume en botellas más pequeñas y los restaurantes venden más vino cuando se reemplaza la cristalería estándar por vasos más grandes. Los productos de mayor tamaño tienden a tener un precio por litro más bajo que los productos más pequeños. Los consumidores informan que esta es una razón importante para comprar productos de mayor tamaño y que el aumento relativo del precio los disuade de cambiar a productos más pequeños. Las políticas que exigen precios proporcionales (es decir, aplicar el mismo precio por litro para todos los tamaños del mismo producto) pueden ser una contramedida eficaz, ya que reducirían el grado en que los productos de mayor tamaño implican una buena relación calidad-precio.

El estudio The effect of proportional pricing on alcohol purchasing in two online experiments tuvo como objetivo investigar cómo el precio proporcional influye en la compra de alcohol. En el estudio 1, los participantes fueron asignados a una de las tres versiones de la tarea en función de si eran bebedores habituales de cerveza, vino tinto o vodka. En el estudio 2, todos los participantes completaron la misma tarea con paquetes múltiples de cerveza. Se pidió a los participantes que imaginaran que compraban el alcohol que consumen habitualmente en una tienda para consumirlo en casa más tarde esa noche. También se les pidió que imaginaran que no tenían bebidas alcohólicas en casa, que no tenían la oportunidad de ir a una tienda diferente y que los productos que se les presentaban en cada prueba eran los únicos productos disponibles. Estas instrucciones se basaron en instrucciones estandarizadas que se han administrado con éxito en tareas de compra hipotética de alcohol.

En cada ensayo, a los participantes se les mostraron cuatro productos. Estos eran de dos marcas distintas con una opción de tamaño más pequeño y más grande para cada marca. Cada producto estaba acompañado de una etiqueta de precio que mostraba el precio del producto y el precio por litro. El estudio 2 utilizó tres tipos de ensayos para investigar cómo el precio proporcional afecta la compra de alcohol de productos vendidos en paquetes múltiples. El primer tipo presentó productos que diferían solo en el tamaño del envase, pero no en la cantidad del paquete múltiple (por ejemplo, un paquete de cuatro latas de 568 ml y un paquete de cuatro latas de 440 ml), que es equivalente al tipo de ensayo utilizado para el estudio 1. El segundo tipo presentó productos que diferían solo en la cantidad del paquete múltiple, pero no en el tamaño del producto (por ejemplo, un paquete de cuatro latas de 440 ml y un paquete de 10 latas de 440 ml). El tercer tipo presentó productos que diferían en la cantidad del paquete múltiple y el tamaño del envase (un paquete de cuatro latas de 568 ml y un paquete de 10 latas de 440 ml).

En ambos estudios, cada ensayo se presentó dos veces, una en la condición de precio estándar (utilizando el precio actual del supermercado por litro) y otra en la condición de precio proporcional utilizando el precio por litro del producto más pequeño de cada marca (estudio 1) o el producto con el precio más alto por litro de cada marca (estudio 2). En cada ensayo, los participantes indicaron cuántos de los productos comprarían para consumir.

Entre todos los tipos de bebidas en el estudio 1 combinados, hubo un efecto principal significativo de la condición de precio. Los participantes compraron 0,9 unidades menos en la condición de precio proporcional en comparación con el precio estándar. Hubo una interacción significativa entre la condición de precio y el tipo de prueba en el estudio 2 ( P  = 0,03). La interacción entre la condición de precio y las puntuaciones AUDIT no fue significativa.

Según el estudio, la fijación de precios proporcionales aumentó la proporción de alcohol comprado en productos más pequeños. Este efecto fue más fuerte en los bebedores más ligeros que en los más empedernidos. Esto sugiere que una vez que se elimina la consideración de la relación calidad-precio, los consumidores pueden preferir productos más pequeños. El cambio a productos más pequeños no es un resultado inevitable del diseño de la tarea, ya que los participantes que compraron productos grandes con precios estándar también podrían haber comprado exactamente los mismos productos (ya que la fijación de precios proporcionales tampoco les da una ventaja de precio a los productos más pequeños), cambiar a la otra marca dentro del ensayo y comprar la misma cantidad de productos grandes o comprar menos productos grandes.

A pesar del cambio parcial hacia bebidas más pequeñas, la fijación de precios proporcionales no influyó de manera consistente en la compra de alcohol entre todos los tipos de bebidas. La fijación de precios proporcionales condujo a reducciones en las unidades totales compradas en los envases múltiples de cerveza, con más productos en comparación con menos, pero no en otros tipos de envases múltiples de cerveza o productos de cerveza individuales. La fijación de precios proporcionales también condujo a una reducción en la compra de vodka, pero el efecto de la fijación de precios proporcionales en la compra de vino se vio moderado por el consumo riesgoso. Esto sugiere que el precio y el tamaño del producto pueden tener efectos únicos en la compra de diferentes tipos de bebidas.

En conclusión, este experimento demostró que la fijación de precios proporcionales puede reducir la compra de vodka y vino, y la compra de envases de cerveza de gran tamaño. Por lo tanto, la fijación de precios proporcionales puede ser una intervención prometedora para reducir el consumo de alcohol. 

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9 dic 2024

El consumo diario de cannabis de alta potencia aumenta significativamente el riesgo de psicosis

Existe una asociación bien establecida entre el cannabis y la psicosis, pero el papel subyacente de la genética en esta relación sigue sin estar claro. Una nueva investigación del Instituto de Psiquiatría, Psicología y Neurociencia (IoPPN) del King's College de Londres y South London y Maudsley NHS Foundation Trust sobre más de 145.000 casos ha demostrado que la carga genética de la esquizofrenia y el uso frecuente de cannabis tienen vínculos independientes con la probabilidad de desarrollar psicosis clínica.

Los investigadores utilizaron dos grandes conjuntos de datos para analizar la relación entre el consumo de cannabis, las puntuaciones de riesgo poligénico de esquizofrenia (PRS) y la psicosis. No encontraron pruebas de que el cannabis y los riesgos genéticos interactúen, lo que sugiere que estos factores influyen en la psicosis a través de vías separadas. El consumo diario de cannabis de alta potencia mostró el vínculo más fuerte con el riesgo de psicosis, independientemente de la predisposición genética. 

Los investigadores trabajaron con dos grandes conjuntos de datos para establecer puntuaciones de riesgo poligénico (PRS) para la esquizofrenia y el trastorno por consumo de cannabis para investigar su relación con la psicosis y los patrones de consumo de cannabis. Los datos procedían de la Red Europea de Redes Nacionales de Esquizofrenia que Estudian las Interacciones Gen-Ambiente (EU-GEI) y del Biobanco del Reino Unido, que son grandes cohortes que contienen datos sobre genética, consumo de cannabis declarado por los propios participantes y diagnósticos de psicosis. Hubo 1592 participantes de EU-GEI y 145.244 participantes del Biobanco del Reino Unido. 

En ambas muestras, el consumo frecuente de cannabis a lo largo de la vida se asoció con una mayor probabilidad de psicosis, y esta fue mayor entre los consumidores diarios de cannabis de alta potencia. El cannabis de alta potencia se definió como aquel que tenía un contenido de tetrahidrocannabinol (THC) delta-9 del 10 por ciento o más.

Esta relación se mantuvo igual cuando los investigadores tomaron en cuenta el PRS para la esquizofrenia, lo que sugiere que el riesgo ambiental del consumo de cannabis para la psicosis es independiente del riesgo genético. A través de un análisis más profundo del uso de cannabis en diferentes frecuencias y potencias, quedó demostrado que el mayor riesgo de psicosis se da en aquellos con mayor predisposición genética a la esquizofrenia que consumen cannabis de alta potencia a diario.

Estos son hallazgos importantes en un momento en que el consumo y la potencia del cannabis están aumentando en todo el mundo. El estudio The impact of schizophrenia genetic load and heavy cannabis use on the risk of psychotic disorder in the EU-GEI case-control and UK Biobank studies indica que los consumidores diarios de cannabis de alta potencia tienen un mayor riesgo de desarrollar psicosis independientemente de su puntuación de riesgo poligénico para la esquizofrenia.

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25 nov 2024

Informe revela alarmante prevalencia de consumo de alcohol entre adolescentes de Buenos Aires


“Realizamos el mayor estudio específico sobre consumo de alcohol por parte de jóvenes escolarizados bonaerenses, una muestra inédita de 18.000 personas de entre 12 y 21 años con una tasa de respuesta del 95,7%,”, destacó Walter Martello, Defensor del Pueblo Adjunto de Buenos Aires y responsable del Observatorio de Adicciones y Consumos Problemáticos en dicho organismo.

Esta investigación, que se presentó hoy en la Defensoría en el marco del Día Mundial sin Alcohol que se celebra el 15 de noviembre, es parte de una serie de estudios periódicos que realiza el Observatorio desde 2017 con el objetivo de monitorear y proponer políticas públicas efectivas.

La evidencia arroja preocupantes datos sobre el consumo de alcohol. Entre los hallazgos más importantes se destacan:

👉 68% de los encuestados consumió alcohol alguna vez en su vida, con una mayor prevalencia entre las mujeres (71,62%), en comparación con los hombres (67,23%) y personas con otras identidades de género (70,80%). 

👉 El 56% de los adolescentes de entre 12 y 15 años ya probó alcohol, lo que subraya la necesidad urgente de una intervención temprana.

👉 El consumo no es esporádico: el 91% de los jóvenes que alguna vez consumieron alcohol lo hicieron en el último año y el 64,95% en el último mes, con una prevalencia ligeramente mayor en mujeres.

👉 Más del 13% de los encuestados admitió haber bebido cinco o más copas de alcohol en una sola ocasión, lo que indica un consumo episódico excesivo o "Binge Drinking", una conducta peligrosa que aumenta el riesgo de daño físico y psicológico.

👉 En cuanto a la edad de inicio, el 71,5% de los adolescentes comenzó a consumir alcohol antes de los 15 años, y un preocupante 12,41% lo hizo antes de los 12 años.

👉 Más del 40% de los encuestados, en su mayoría menores de edad, compró el alcohol por su cuenta.

👉 Más del 31% manifestó hacerlo con frecuencia diaria o semanal.

👉 La preferencia por el fernet está bien marcada entre los encuestados varones (34%), mientras que las mujeres registran niveles muy similares en sus preferencias respecto a esa bebida (27,76%) y el vodka (26,66%).

👉 Una de las situaciones más complejas es la relacionada con los jóvenes que se suben a un automóvil conducido por alguien que consumió alcohol. Los resultados muestran que más del 36% de las jóvenes reconocen haber pasado por este tipo de situaciones con todos los riesgos que implica.

Estos informes periódicos se consolidan como una herramienta vital para la creación de políticas públicas orientadas a la protección de los jóvenes y la prevención de adicciones. No podemos seguir hablándole a los adolescentes con el lenguaje del siglo XX, mientras la industria del alcohol avanza agresivamente en redes sociales

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4 nov 2024

Sobre la percepción del riesgo de estudiantes universitarios sobre el uso de alcohol, tabaco y marihuana

¿Qué percepciones tiene la comunidad universitaria estudiantil sobre el riesgo de consumir sustancias adictivas? ¿Cómo viven y a quién recurren a la hora de pedir ayuda? Estas fueron algunas cuestiones abordadas por un equipo interdisciplinario de la Universidad Nacional de Córdoba. La encuesta “Percepciones, riesgo y consumo de sustancias psicoactivas en estudiantes universitarios” reveló que el alcohol, la marihuana y el cigarrillo son las sustancias predilectas entre estudiantes que consumen. Además, la noción de riesgo entre una y otra es muy diferente.

Este estudio por encuesta, de tipo transversal, fue realizado entre diciembre de 2022 y marzo de 2023. Abarcó una muestra representativa de más de cinco mil integrantes de la comunidad estudiantil, que respondieron un cuestionario que indagó sobre la percepción de riesgo que tienen sobre la marihuana, la cocaína y otras drogas. El cuestionario también abordó temas más amplios, como hábitos de sueño, nivel de satisfacción con la carrera y cómo destinan el tiempo libre. Se analizaron las respuestas de más de cinco mil estudiantes de las 15 facultades, en una muestra representativa que abarcó el 3% de esa población.

El análisis demostró que el alcohol, el tabaco y la marihuana son las sustancias adictivas que más prevalecen entre estudiantes que consumen. La edad de inicio se ubicó en un promedio de 19 años. Otro dato significativo fue que el 49% del total probó alguna vez marihuana. De esas personas, 39% ingirió cannabis en formatos comestibles (tortas, brownies). El estudio descubrió que la mayoría experimentó risa sin motivo, cambios en el estado de ánimo y dificultades de coordinación motriz. Respecto al resto de las sustancias de abuso, 13% refirió haber ingerido al menos una vez ansiolíticos. La lista siguió de esta manera: cocaína (6%), alucinógenos (9%), solventes (2%) y crack (0,4%).

Un 32% refirió haber tenido relaciones sexuales bajo los efectos de alguna sustancia psicoactiva y 8% tuvo alguna vez una infección de transmisión sexual como resultado de relaciones sexuales sin protección, estando bajo los efectos del alcohol u otras drogas.

El cuestionario reveló también importantes datos sobre la vida cotidiana de este segmento de la comunidad universitaria. Por caso, el 52% manifestó problemas a la hora de conciliar el sueño y 41% dijo que había perdido la confianza en sí mismo.

En general, los niveles de satisfacción con la carrera y las actividades destinadas durante el tiempo libre no demostraron algún indicio de vulnerabilidad “ni de situaciones que estén reflejando un cuadro con cierto nivel de deterioro o disfuncionalidad”, agregó la especialista.

Según la encuesta, 34% de estudiantes que consumen sustancias adictivas piensa en abandonarlas. Esto abre un nuevo capítulo que tiene que ver con la percepción de riesgo. Los resultados revelaron que la intención de abandonar el hábito es mayor en fumadores de tabaco, en relación con consumidores de marihuana. En el primer caso, 88% pensó en dejar de fumar y 77% lo intentó. En el caso del cannabis, 51% pensó en abandonarla y 38% lo intentó.

Los resultados preliminares de la encuesta “Percepciones, riesgo y consumo de sustancias psicoactivas en estudiantes universitarios” fueron presentados en diciembre del año pasado. Fue realizado por Gabriela Richard (directora de la Fundación para la Promoción de la Salud Humana), Sonia Uema (directora del Centro de Información de Medicamentos, de la Facultad de Ciencias Químicas, de la Universidad Nacional de Córdoba) y María José Rueda (jefa del Área de Prevención e Inmunización, del Hospital Nacional de Clínicas de Córdoba).

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24 oct 2024

El consumo de cannabis de alta potencia deja una una marca distintiva en el ADN

Una nueva investigación del Instituto de Psiquiatría, Psicología y Neurociencia del King's College de Londres y la Universidad de Exeter sugiere que el uso de cannabis con un contenido de delta-9 tetrahidrocannabinol (THC) del diez por ciento o más deja una huella en el ADN, relacionada con los mecanismos relacionados con el sistema inmunológico y la producción de energía. 

Asimismo, el efecto del uso de cannabis en el ADN es diferente en las personas que experimentan su primer episodio de psicosis en comparación con los usuarios que nunca han experimentado psicosis. Esto supondría que podría haber potencial para que los análisis de sangre de ADN ayuden a caracterizar a los usuarios con mayor riesgo de desarrollar psicosis, tanto en entornos de uso recreativo como medicinal, e implementar políticas preventivas.

Los investigadores exploraron los efectos del consumo de cannabis en la metilación del ADN, un proceso químico detectado en muestras de sangre que altera el funcionamiento de los genes (ya sea que estén activados o desactivados). La metilación del ADN es un tipo de cambio epigenético, lo que significa que altera la expresión genética sin afectar la secuencia del ADN en sí, y se considera un factor vital en la interacción entre los factores de riesgo y la salud mental. 

El equipo de laboratorio de la Universidad de Exeter realizó análisis complejos de la metilación del ADN en todo el genoma humano, utilizando muestras de sangre de personas que habían experimentado un primer episodio de psicosis y de aquellas que nunca habían tenido una experiencia psicótica.

El análisis mostró que los consumidores frecuentes de cannabis de alta potencia presentaban cambios en genes relacionados con la función mitocondrial e inmunitaria, que podría afectar la energía y la respuesta inmunitaria. Estos cambios no se explicaban por el efecto bien establecido que tiene el tabaco en la metilación del ADN, que la mayoría de los consumidores de cannabis suelen mezclar en los porros. Asimismo, estos cambios epigenéticos, determinados por el estilo de vida y las exposiciones, ofrecen una perspectiva valiosa sobre cómo el consumo de cannabis puede influir en la salud mental a través de vías biológicas. El estudio se efectuó sobre un total de 682 participantes

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