6 ago 2026

La kriptonita invertida: cuando una droga empieza a representar poder

Hubo una época en la que los héroes obtenían su fuerza de lugares muy distintos a las drogas.

Popeye recuperaba su poder con una lata de espinacas. He-Man levantaba su espada y encontraba su fuerza en el poder de Grayskull. En los videojuegos, los personajes avanzaban acumulando experiencia, superando desafíos, encontrando herramientas o utilizando elementos fantásticos propios de mundos imaginarios. Sonic obtenía velocidad y protección al reunir anillos durante su recorrido. Pac-Man podía enfrentar a sus enemigos al encontrar las clásicas píldoras de poder dentro de un universo completamente fantástico. En Pokemon, la evolución de los personajes estaba asociada al entrenamiento, al aprendizaje y al vínculo construido durante el camino.

La idea que atravesaba esos relatos era siempre similar: el poder aparecía como consecuencia del esfuerzo, la exploración, la inteligencia, la perseverancia o la imaginación. Los personajes crecían porque aprendían, porque superaban obstáculos o porque desarrollaban nuevas capacidades dentro de sus propios mundos.

Incluso Superman, uno de los personajes más poderosos jamás creados, tenía un límite. La kriptonita, un elemento inexistente en nuestro mundo, representaba aquello capaz de quitarle sus capacidades extraordinarias. Era una forma simbólica de recordar que hasta los más fuertes podían ser vulnerables.

Los videojuegos también fueron, durante años, un espacio utilizado para transmitir mensajes preventivos. Un ejemplo paradigmático fue la campaña institucional estadounidense Winners Don't Use Drugs, una iniciativa impulsada por la Administración para el Control de Drogas (DEA) que apareció durante años en miles de máquinas arcade antes del inicio de las partidas.

La frase era breve, directa y cargada de simbolismo: quienes ganaban no necesitaban drogas. El mensaje vinculaba el logro, la superación y la competencia con el esfuerzo personal, no con el consumo de sustancias. No se trataba solamente de una advertencia sanitaria, sino de una construcción cultural sobre qué comportamientos eran asociados al éxito y cuáles representaban un obstáculo.

Millones de niños y adolescentes estuvieron expuestos a esa idea sin que necesariamente la percibieran como una "campaña". Formaba parte del entorno en el que jugaban, competían y se divertían. Era una forma de prevención que entendía algo fundamental: los imaginarios sociales también se construyen en los espacios cotidianos donde las personas aprenden qué cosas tienen valor.

No eran mensajes propagandísticos ni subliminales. Todo esto constituía un relato organizado. Eran símbolos. Eran pequeñas construcciones culturales que transmitían una idea sobre qué cosas fortalecían a una persona, cuáles la debilitaban y qué conductas una sociedad elegía admirar.

Hace unos días conocí, a través de un grupo de trabajo, la existencia de un videojuego de conducción en el que un personaje puede volverse prácticamente invencible después de consumir cocaína. La escena, por sí sola, resulta simbólicamente poderosa: una sustancia asociada en el mundo real al deterioro y la pérdida de control aparece dentro de una narrativa de velocidad, dominio y capacidad ilimitada.

No se trata de discutir un juego específico ni de atribuirle la capacidad de determinar una conducta. La relación entre una representación cultural y una decisión individual es mucho más compleja. La pregunta es otra: ¿qué significa que, dentro de ciertos relatos contemporáneos, una droga pueda ocupar el lugar que antes ocupaban los elementos asociados al poder, la inteligencia o la superación de obstáculos? 

Los cambios culturales no ocurren de manera repentina. Se construyen lentamente. Se acumulan mensajes, imágenes y relatos que, con el tiempo, modifican la manera en que una sociedad interpreta determinados fenómenos. Lo que alguna vez parecía extraño puede comenzar a parecer normal. Lo que generaba rechazo puede empezar a presentarse como una característica más de la vida cotidiana.

Durante años vimos cómo las drogas fueron ocupando nuevos lugares dentro de los imaginarios sociales. La banalización de los riesgos, la idea de que todo daño puede ser relativizado y la transformación de determinadas sustancias en símbolos de transgresión, éxito o pertenencia fueron modificando lentamente sus significados.

Sería un error afirmar que un videojuego hará que un niño o adolescente consuma cocaína. La relación entre una representación cultural y una conducta individual es mucho más compleja. Pero también sería ingenuo pensar que esos mensajes no tienen ninguna importancia, o que son inocuos.

Las personas no aprenden solamente en la escuela o dentro de sus familias. También aprenden jugando, mirando, escuchando y participando de los mundos digitales que forman parte de su vida cotidiana. Cada personaje transmite algo. Cada historia propone una mirada sobre la realidad. Cada símbolo ayuda a construir una idea sobre qué merece ser admirado.

Y quizás ahí aparece la comparación más inquietante con Superman. Durante décadas, la cultura popular utilizó elementos fantásticos para hablar de poder y vulnerabilidad. La kriptonita era peligrosa porque quitaba fuerza. Era la representación de un límite. Algo que el héroe debía evitar porque lo acercaba a su propia fragilidad.

Pero hoy comenzamos a observar una paradoja diferente: aquello que en el mundo real puede representar daño aparece, dentro de algunos relatos virtuales, como una herramienta para superar límites. La sustancia que debería simbolizar pérdida de control comienza a ser representada como una forma de adquirirlo. El problema no es que la ficción imagine mundos imposibles. La ficción siempre lo hizo. El problema aparece cuando los símbolos empiezan a invertirse. Cuando aquello que debería funcionar como advertencia comienza a ocupar el lugar del premio (y viceversa).

La prevención muchas veces se piensa como una charla, una campaña o una intervención frente a un problema ya instalado. Pero existe una prevención mucho más profunda y silenciosa: la que ocurre cuando una comunidad construye sus valores, sus referencias y sus imaginarios. Antes de aprender a tomar decisiones, aprendemos qué cosas tienen valor. Aprendemos qué admirar, qué rechazar, qué temer y qué perseguir. Una sociedad no solamente transmite información. También transmite maneras de mirar.

Por eso quizás la pregunta no sea solamente qué videojuegos están jugando nuestros hijos. La pregunta es qué mensajes estamos construyendo como sociedad sobre aquello que significa ser fuerte, exitoso o invencible.

Porque lo verdaderamente preocupante no es que un videojuego imagine una fantasía imposible. La ficción siempre lo hizo. Lo verdaderamente preocupante es el desplazamiento simbólico: que aquello que en la realidad representa un riesgo empiece a ocupar, dentro de algunos relatos, el lugar de la innovación, la invulnerabilidad y la capacidad de superar cualquier límite.

Claves para entender

  1. Los videojuegos también construyen imaginarios.
    No solamente entretienen: transmiten ideas sobre el esfuerzo, el éxito, el poder y aquello que una sociedad considera valioso.
  2. Antes, la fuerza estaba asociada al desarrollo de capacidades.
    En muchos relatos infantiles y videojuegos, los personajes crecían a través del entrenamiento, la inteligencia, la perseverancia o la superación de obstáculos.
  3. El problema no es un videojuego específico.
    La preocupación está en un cambio cultural más amplio: que una sustancia asociada al daño pueda aparecer representada como una herramienta para superar límites o alcanzar una supuesta invulnerabilidad.
  4. Los símbolos importan.
    Antes la kriptonita representaba la vulnerabilidad del héroe. Hoy algunos relatos empiezan a invertir esa lógica y presentan aquello que debería advertir sobre un riesgo como una fuente de capacidad extraordinaria.
  5. La prevención también trabaja sobre significados.
    Prevenir no es solamente informar sobre riesgos. Es construir una cultura donde las personas puedan desarrollar herramientas, vínculos y proyectos que hagan menos atractivas las falsas promesas de poder inmediato.

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15 jul 2026

Drogas: cuando las viejas respuestas ya no alcanzan


Quizás llevamos años discutiendo la respuesta equivocada para un problema que ya cambió de naturaleza. En un nuevo Día Internacional contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas, vale la pena formular una pregunta incómoda: ¿seguimos haciéndonos las preguntas correctas?

Durante décadas, el debate internacional sobre la problemática estuvo atravesado por una tensión permanente entre dos grandes enfoques: prohibición o legalización. De un lado, quienes defendían la prohibición desde un enfoque abstencionista. Del otro, quienes promovían distintas formas de modificación de los tratados internacionales, enfocándose en la legalización o la despenalización. Las posiciones eran intensas, muchas veces irreconciliables, pero compartían un supuesto básico: qué hacer con sustancias cuyos efectos, riesgos y patrones de consumo eran razonablemente conocidos. 

Sin embargo, mientras las posiciones se endurecían y las discusiones se volvían cada vez más endogámicas, a veces hasta estériles, algo estaba ocurriendo por debajo del radar. El mercado ilícito comenzó a transformarse a una velocidad que ninguna de esas categorías antagónicas, construidas en el siglo pasado, alcanzaba a explicar. Según el Sistema de Alerta Temprana de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), hasta la fecha se han identificado cerca de 1.400 nuevas sustancias psicoactivas en distintas partes del mundo. Cada año aparecen nuevas variantes químicas, análogos, mezclas y compuestos diseñados para producir efectos similares a los de sustancias ya conocidas, pero evitando controles regulatorios, restricciones legales o mecanismos tradicionales de detección.

Existe una expresión del idioma inglés utilizada frecuentemente para describir este tipo de fenómenos: "whack-a-mole", el popular juego de golpear topos que aparecen y desaparecen constantemente. Esta metáfora resulta cada vez más adecuada para describir lo que ocurre con algunas estrategias centradas en el control y la interdicción. Se identifica una sustancia. Se la prohíbe. Se restringe un precursor químico. Se fortalece un mecanismo de vigilancia. Y poco después aparece una nueva variante. Luego otra. Y después otra más. No importa cuántas veces golpeemos. Cada vez que creemos haber identificado el problema, el narcotráfico se mueve ligeramente de eje para producir la siguiente versión.

Si esa dinámica se vuelve permanente, el problema deja de ser una droga determinada y pasa a ser la capacidad del mercado ilícito para generar continuamente nuevas sustancias. Y cuando el problema cambia de esa manera, también empiezan a tambalear algunas de las categorías con las que intentamos abordarlo.

Prohibición o legalización. Penalización o despenalización. Control de la oferta o reducción de daños. Mientras seguíamos discutiendo respuestas, las preguntas comenzaron a cambiar. ¿Qué significa prohibir una sustancia cuando puede ser reemplazada por otra ligeramente modificada? ¿Qué significa regular una molécula cuando existen cientos de variantes potenciales esperando ocupar su lugar? ¿Qué significa reducir daños cuando ni siquiera conocemos con precisión cuál es el impacto de esas nuevas sustancias en el organismo? ¿Qué drogas vamos a legalizar?

La aparición constante de nuevas sustancias no es el único fenómeno que está poniendo en jaque algunas de las respuestas tradicionales. Buena parte de las estrategias internacionales de control se construyeron sobre una premisa básica: los precursores químicos constituían uno de los principales puntos vulnerables de las organizaciones criminales. Sin acceso a determinados insumos, la producción de drogas se tornaba casi imposible. Por eso numerosos países invirtieron enormes esfuerzos en controlar cadenas de suministro, importaciones, exportaciones y movimientos de estas sustancias químicas esenciales, para evitar su desvío hacia la elaboración ilegal de estupefacientes y drogas sintéticas. Pero incluso esa lógica empieza a mostrar limitaciones.

Uno de los fenómenos más inquietantes que comienzan a observarse en distintos mercados criminales es la búsqueda de autonomía química. ¿Qué significa? Organizaciones que ya no se conforman con producir drogas, sino que buscan producir también los insumos necesarios para fabricarlas. Afganistán ofrece, quizás, el ejemplo más contundente de esta transformación. 

Las incautaciones de metanfetamina en este país pasaron de menos de 100 kilos en 2019 a casi 2.700 kilos en 2021, un crecimiento que la propia ONU considera indicativo de una expansión muy significativa de la producción. Lejos de tratarse de una hipótesis teórica, los datos muestran que esta transformación ya está en marcha. Y lo más relevante es que el aumento de la producción vino acompañado de innovaciones en la obtención de precursores químicos. Porque cuando los productores locales descubrieron cómo extraer efedrina de la planta ephedra, que crece de forma silvestre en distintas regiones de Afganistán, la ecuación cambió por completo.

Si esa tendencia se consolida, estaríamos frente a la materialización de una de las peores hipótesis imaginables: organizaciones criminales cada vez más cerca de controlar toda la cadena de producción, desde los insumos básicos hasta la sustancia final. Lo que durante años fue una advertencia teórica comienza a parecerse cada vez más a una realidad concreta.

La pregunta ya no es únicamente qué hacemos con una determinada droga. El verdadero interrogante es qué hacemos cuando la capacidad de innovación química del mercado ilícito se vuelve potencialmente ilimitada. Allí radica, quizás, la principal diferencia entre el escenario actual y el de décadas anteriores. Porque cuando el fenómeno cambia de naturaleza, también comienzan a perder sentido algunas de las categorías con las que intentamos comprenderlo. El problema ya no parece ser una sustancia específica. El problema es la capacidad prácticamente ilimitada de crear nuevas sustancias.

Paradójicamente, cuanto más complejo se vuelve el mercado de drogas, más valor recupera una herramienta que durante años fue subestimada: la prevención. No porque el control de la oferta deje de ser importante. No porque la persecución penal, la asistencia o el tratamiento dejen de cumplir una función indispensable. Sino porque la prevención conserva una ventaja difícil de igualar: la posibilidad de actuar antes. Y otra quizás aún más importante: no depende de seguir el ritmo frenético de un mercado que se reinventa permanentemente. 

Las sustancias cambian. Los precursores cambian. Los mecanismos de producción cambian. La prevención, en cambio, trabaja sobre aquello que cambia mucho más lentamente: las personas, los vínculos y los contextos comunitarios.

Allí aparece una de las lecciones más importantes de esta nueva era. Mientras el fenómeno se vuelve cada vez más complejo, buena parte de nuestras discusiones continúa organizada alrededor de categorías heredadas de otro tiempo. La prevención recupera centralidad precisamente porque no necesita perseguir cada innovación del mercado para seguir siendo relevante. Y porque, frente a una realidad en permanente transformación, el desafío ya no consiste únicamente en decidir qué hacer con una droga determinada. El desafío es desarrollar respuestas capaces de adaptarse a un mundo que cambia más rápido que nuestras propias categorías para entenderlo.

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11 jun 2026

Del tabaco al cannabis: una profecía que empieza a cumplirse


Durante años, quienes observamos con preocupación los procesos de legalización y comercialización del cannabis advertimos sobre un riesgo que muchos consideraban exagerado. La pregunta era sencilla: si se abría un mercado legal multimillonario para la marihuana, ¿quién terminaría ocupando ese espacio? 

La respuesta parecía obvia. Las grandes corporaciones que durante décadas construyeron imperios económicos a partir de productos adictivos no iban a permanecer al margen. Tarde o temprano, el cannabis se convertiría en una nueva frontera de negocios.

Hoy esa hipótesis comienza a encontrar ejemplos concretos.

En los Países Bajos, parlamentarios de distintos partidos expresaron su preocupación luego de conocerse que Altria, la compañía anteriormente conocida como Philip Morris, busca ingresar indirectamente al experimento de producción regulada de cannabis que desarrolla el país. La operación se realizaría a través de Cronos Group, una empresa canadiense de cannabis de la cual Altria es uno de los principales accionistas y que se encuentra en proceso de adquirir CanAdelaar, el mayor productor autorizado dentro del programa neerlandés de cannabis regulado.

La noticia generó alarma entre dirigentes políticos que apoyan y también entre quienes cuestionan el experimento. Las críticas apuntan especialmente al historial de la industria tabacalera en materia de marketing, lobby político, minimización de riesgos sanitarios e influencia sobre la producción de conocimiento científico. Algunos legisladores advirtieron que permitir el ingreso de compañías vinculadas al tabaco podría comprometer la credibilidad y los objetivos de la experiencia regulatoria.

Sin embargo, para comprender la relevancia de esta noticia es necesario retroceder algunos años.

En 2018, Altria anunció una inversión de 1.800 millones de dólares en Cronos Group, una de las principales empresas de cannabis de Canadá. Aquella operación fue interpretada por muchos analistas como una señal de que las grandes tabacaleras ya estaban preparándose para expandirse hacia el negocio del cannabis. Lo que entonces parecía una apuesta estratégica de largo plazo hoy comienza a traducirse en movimientos concretos dentro de mercados regulados.

Lo que está ocurriendo en los Países Bajos reabre una discusión más amplia. ¿Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva industria dominada por actores con trayectorias similares a las que durante décadas caracterizaron al negocio del tabaco?

Investigadores y expertos citados en recientes informes internacionales advierten que varias compañías tabacaleras consideran al cannabis parte de una estrategia de diversificación que incluye nicotina, vapeadores y otros productos de consumo. También señalan preocupaciones vinculadas a la financiación de estudios, la construcción de narrativas favorables al mercado y la capacidad de influencia de estas empresas sobre los procesos regulatorios.

La situación resulta particularmente llamativa porque reproduce una dinámica observada anteriormente con el tabaco. Durante gran parte del siglo XX, las grandes compañías tabacaleras desarrollaron estrategias comerciales agresivas, ampliaron mercados, promovieron productos y disputaron regulaciones mientras se acumulaba evidencia científica sobre sus efectos sanitarios.

Para algunos observadores, la posibilidad de que esos mismos actores comiencen a ocupar posiciones relevantes dentro de la industria del cannabis representa una especie de profecía autocumplida. Aquello que durante años fue planteado como una advertencia empieza a tomar forma.

La discusión ya no gira únicamente alrededor de la legalización o la regulación del cannabis. También comienza a involucrar preguntas sobre quiénes controlarán el mercado, cuáles serán los incentivos económicos predominantes y qué lugar ocuparán los intereses comerciales en la definición de políticas públicas relacionadas con la salud.

A medida que más países avanzan en distintos modelos de regulación, la experiencia neerlandesa ofrece una señal que trasciende sus fronteras. El debate sobre el cannabis ya no se limita a la sustancia. También alcanza a los actores económicos que buscan posicionarse en un negocio con perspectivas de crecimiento global.

Y en ese escenario, una pregunta vuelve a cobrar fuerza: si las grandes tabacaleras ven en el cannabis una oportunidad estratégica de expansión, ¿estamos frente al nacimiento del gran negocio "sanitario" del siglo XXI?

Claves para entender

  1. La empresa Altria, histórica protagonista de la industria tabacalera, busca ingresar indirectamente al experimento de cannabis regulado de los Países Bajos a través de su participación accionaria en Cronos Group.
  2. Parlamentarios neerlandeses expresaron preocupación por el posible ingreso de compañías vinculadas al tabaco debido a sus antecedentes en materia de marketing, lobby e influencia sobre políticas públicas y producción científica.
  3. La relación entre la industria tabacalera y el cannabis no es nueva. En 2018, Altria invirtió 1.800 millones de dólares en Cronos Group, anticipando su interés estratégico en este mercado.
  4. Especialistas internacionales advierten que algunas compañías tabacaleras consideran al cannabis parte de una estrategia de diversificación junto con productos de nicotina y vapeo.
  5. El debate actual no se limita a la regulación del cannabis. También involucra quiénes controlarán el mercado y qué influencia tendrán los grandes actores corporativos sobre su desarrollo futuro.

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13 may 2026

Consumo de drogas y conducta suicida: qué muestra la evidencia científica

Estudios internacionales y datos argentinos advierten sobre la relación entre el consumo de alcohol y otras drogas y el aumento del riesgo de conductas suicidas, especialmente en adolescentes y jóvenes.

El vínculo entre consumo de sustancias y conductas suicidas aparece de manera consistente en investigaciones científicas realizadas durante las últimas décadas. Alcohol, cannabis, opioides, estimulantes y otras sustancias psicoactivas son señaladas en distintos estudios como factores asociados a la ideación suicida, los intentos de suicidio y el suicidio consumado.

La evidencia disponible indica que el consumo de sustancias puede influir sobre distintos factores vinculados al riesgo suicida, entre ellos la impulsividad, la desinhibición, el deterioro del juicio y la intensificación de síntomas depresivos o ansiosos. Los especialistas aclaran que no existe una relación automática o lineal entre consumo y suicidio, pero sí una asociación estadísticamente significativa observada en múltiples investigaciones internacionales.

Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, más de 700.000 personas mueren por suicidio cada año en el mundo. Dentro de los principales factores asociados aparecen los trastornos vinculados al consumo de sustancias y otros problemas de salud mental.

Uno de los trabajos más citados sobre el tema fue publicado en el Journal of Public Health y analizó 43 estudios internacionales con más de 870.000 participantes. La investigación concluyó que las personas con trastornos por consumo de sustancias presentan más del doble de riesgo de ideación suicida y aproximadamente dos veces y media más riesgo de intento de suicidio en comparación con la población general.

Más recientemente, un metaanálisis internacional publicado en 2024 encontró que las personas con abuso de sustancias presentan un riesgo de suicidio hasta 5,5 veces superior al de quienes no presentan este tipo de trastornos. El estudio identificó asociaciones significativas con el consumo de alcohol, cannabis, opioides, anfetaminas y tabaco.

La relación entre consumo y conducta suicida adquiere especial relevancia en adolescentes y jóvenes. Diversas investigaciones identifican al consumo de alcohol y drogas ilegales como uno de los factores frecuentemente presentes en intentos de suicidio en población adolescente, junto con síntomas depresivos, aislamiento social y antecedentes de violencia o vulnerabilidad psicosocial.

En Argentina, el suicidio constituye una de las principales causas de muerte entre adolescentes y jóvenes. Distintos informes advierten además sobre un aumento de indicadores vinculados a salud mental y conductas de riesgo durante el período posterior a la pandemia.

Un estudio basado en la Encuesta Mundial de Salud Escolar, realizado sobre casi 57.000 estudiantes argentinos de entre 13 y 17 años, analizó la relación entre consumo de sustancias y distintos niveles de riesgo suicida. La investigación encontró asociaciones significativas entre el consumo de alcohol, tabaco, marihuana y otras sustancias psicoactivas y la presencia de ideación suicida, planificación suicida e intentos de suicidio.

Los autores del estudio señalaron que determinados perfiles de consumo aparecen asociados a niveles más elevados de riesgo de comportamiento suicida en adolescentes escolarizados de Argentina.

Entre las investigaciones más relevantes sobre el tema se encuentra el estudio Substance use disorder and risk of suicidal ideation, suicide attempt and suicide death: a meta-analysis, publicado en 2016 en Journal of Public Health, que confirmó la asociación entre trastornos por consumo de sustancias y conducta suicida a partir de 43 estudios internacionales.

Otro trabajo destacado es Association of substance use with suicide mortality: An updated systematic review and meta-analysis, publicado en 2024, que identificó un aumento significativo del riesgo de suicidio asociado al consumo de distintas sustancias, particularmente opioides y anfetaminas.

En Argentina, una de las investigaciones más importantes es Perfil de consumo de sustancias psicoactivas asociadas a niveles de riesgo de comportamiento suicida en adolescentes argentinos, basada en población adolescente escolarizada y centrada en la relación entre consumo y riesgo suicida.


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19 feb 2026

Estudio revela que el cannabis no brindaría alivio al dolor nervioso crónico

Los medicamentos a base de cannabis suelen considerarse una opción prometedora para las personas que viven con dolor nervioso crónico, especialmente cuando los tratamientos estándar fracasan. Sin embargo, una revisión exhaustiva de la evidencia revela una situación mucho más cautelosa.

Una revisión Cochrane actualizada informa que aún no existe evidencia clara que demuestre que los medicamentos a base de cannabis proporcionen un alivio significativo a las personas con dolor neuropático crónico. A pesar del creciente interés en estos tratamientos, la investigación disponible no respalda su eficacia en comparación con un placebo.

El dolor neuropático crónico se desarrolla como resultado de daño nervioso y suele ser difícil de controlar. Los medicamentos estándar ofrecen un alivio significativo solo a un pequeño porcentaje de pacientes, lo que ha aumentado el interés en enfoques alternativos como los medicamentos a base de cannabis. Estos tratamientos pueden incluir cannabis medicinal o compuestos específicos extraídos de la planta, como el tetrahidrocannabinol (THC), y se administran mediante inhalación, aerosoles bucales, comprimidos, cremas o parches cutáneos.

Para evaluar la eficacia de estos tratamientos, los investigadores analizaron 21 ensayos clínicos con más de 2100 adultos. En cada estudio, se compararon medicamentos a base de cannabis con tratamientos placebo durante periodos de entre dos y 26 semanas.

Los productos examinados se dividieron en tres categorías principales. Algunos contenían principalmente THC, el compuesto psicoactivo del cannabis. Otros estaban compuestos principalmente de cannabidiol (CBD), un compuesto que no causa intoxicación. Un tercer grupo incluía productos con cantidades aproximadamente iguales de THC y CBD.

En las tres categorías, la revisión no encontró evidencia de alta calidad que indicara que los medicamentos a base de cannabis redujeran el dolor neuropático con mayor eficacia que el placebo. Si bien algunos pacientes que usaron productos que combinaban THC y CBD reportaron pequeñas mejoras, estos cambios no fueron lo suficientemente significativos como para considerarse clínicamente significativos.

La notificación de efectos secundarios varió considerablemente entre los ensayos, lo que limitó la confianza en los hallazgos de seguridad. La certeza general sobre los efectos adversos se calificó de baja a muy baja para todos los tipos de medicamentos a base de cannabis. Los productos con THC se relacionaron con tasas más altas de síntomas como mareos y somnolencia, junto con un posible aumento en el número de participantes que interrumpieron el tratamiento debido a los efectos secundarios.

Los autores concluyen que la evidencia actual sigue siendo débil e incierta, lo que resalta la necesidad de una investigación de mayor calidad antes de que se puedan recomendar medicamentos basados ​​en cannabis para el dolor neuropático crónico.

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