19 feb 2026

Estudio revela que el cannabis no brindaría alivio al dolor nervioso crónico

Los medicamentos a base de cannabis suelen considerarse una opción prometedora para las personas que viven con dolor nervioso crónico, especialmente cuando los tratamientos estándar fracasan. Sin embargo, una revisión exhaustiva de la evidencia revela una situación mucho más cautelosa.

Una revisión Cochrane actualizada informa que aún no existe evidencia clara que demuestre que los medicamentos a base de cannabis proporcionen un alivio significativo a las personas con dolor neuropático crónico. A pesar del creciente interés en estos tratamientos, la investigación disponible no respalda su eficacia en comparación con un placebo.

El dolor neuropático crónico se desarrolla como resultado de daño nervioso y suele ser difícil de controlar. Los medicamentos estándar ofrecen un alivio significativo solo a un pequeño porcentaje de pacientes, lo que ha aumentado el interés en enfoques alternativos como los medicamentos a base de cannabis. Estos tratamientos pueden incluir cannabis medicinal o compuestos específicos extraídos de la planta, como el tetrahidrocannabinol (THC), y se administran mediante inhalación, aerosoles bucales, comprimidos, cremas o parches cutáneos.

Para evaluar la eficacia de estos tratamientos, los investigadores analizaron 21 ensayos clínicos con más de 2100 adultos. En cada estudio, se compararon medicamentos a base de cannabis con tratamientos placebo durante periodos de entre dos y 26 semanas.

Los productos examinados se dividieron en tres categorías principales. Algunos contenían principalmente THC, el compuesto psicoactivo del cannabis. Otros estaban compuestos principalmente de cannabidiol (CBD), un compuesto que no causa intoxicación. Un tercer grupo incluía productos con cantidades aproximadamente iguales de THC y CBD.

En las tres categorías, la revisión no encontró evidencia de alta calidad que indicara que los medicamentos a base de cannabis redujeran el dolor neuropático con mayor eficacia que el placebo. Si bien algunos pacientes que usaron productos que combinaban THC y CBD reportaron pequeñas mejoras, estos cambios no fueron lo suficientemente significativos como para considerarse clínicamente significativos.

La notificación de efectos secundarios varió considerablemente entre los ensayos, lo que limitó la confianza en los hallazgos de seguridad. La certeza general sobre los efectos adversos se calificó de baja a muy baja para todos los tipos de medicamentos a base de cannabis. Los productos con THC se relacionaron con tasas más altas de síntomas como mareos y somnolencia, junto con un posible aumento en el número de participantes que interrumpieron el tratamiento debido a los efectos secundarios.

Los autores concluyen que la evidencia actual sigue siendo débil e incierta, lo que resalta la necesidad de una investigación de mayor calidad antes de que se puedan recomendar medicamentos basados ​​en cannabis para el dolor neuropático crónico.

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11 dic 2025

¿El cannabis es medicina?


Muchas personas recurren al cannabis o al cannabidiol (CBD) para el dolor crónico, la pérdida de apetito, los trastornos del sueño y otras afecciones, creyendo que "natural" es sinónimo de "seguro y eficaz". Sin embargo, una reciente revisión exhaustiva publicada en el Journal of the American Medical Association (JAMA) sostiene que la evidencia del cannabis y los cannabinoides como tratamiento médico es limitada. Tras evaluar más de mil estudios, el cannabis y los cannabinoides siguen sin estar probados para la mayoría de los usos médicos.

El cannabis es una planta que contiene cientos de compuestos biológicamente activos (THC, CBD, cannabinoides menores, flavonoides, etc.), como el compuesto psicoactivo THC (delta-9-tetrahidrocannabinol), además de ingredientes no intoxicantes. El THC es responsable del efecto psicoactivo asociado al consumo de marihuana.

Dado que muchos consumidores de cannabis consumen la droga de forma crónica y algunos efectos (cardiovasculares, psiquiátricos y de dependencia) tardan años en manifestarse, se necesitaban datos a largo plazo, pero hasta hace poco no se contaban. Por ejemplo, la revisión de JAMA destacó el aumento de los riesgos cardiovasculares con el consumo diario de cannabis inhalado, y también que casi un tercio de los consumidores desarrollan adicción al cannabis.

Otros medicamentos controvertidos (como la ketamina y la psilocibina) se estudian rigurosamente bajo marcos regulatorios más convencionales, lo que permite demostrar su seguridad y eficacia con ensayos de la FDA bien diseñados y controlados con placebo , que incluyen dosis estandarizadas.

Los investigadores de JAMA realizaron una revisión exhaustiva de más de 1000 estudios. ¿En resumen? Los investigadores concluyeron que no había suficiente evidencia para la mayoría de los fines médicos. La conclusión principal es contundente: para la mayoría de las afecciones médicas para las que se usa cannabis o cannabinoides, incluidas algunas de las más comunes (dolor, ansiedad , insomnio ), la evidencia actual es insuficiente para respaldar su uso.

La falta de datos sólidos que favorezcan el cannabis como tratamiento para la ansiedad, el insomnio, la depresión , los trastornos alimentarios, el dolor crónico y otras afecciones es preocupante, ya que quienes padecen estos problemas suelen consumir cannabis con la esperanza de obtener alivio. Sin embargo, a pesar del uso frecuente fuera de indicación, la revisión no encontró ninguna opinión positiva, ni siquiera leve, que demuestre beneficios.

La falta de control de calidad del cannabis y los problemas de dosificación también son esenciales. A diferencia de los productos farmacéuticos convencionales, la mayoría de los productos de cannabis en el mercado no están estandarizados: la potencia, la formulación y la dosificación varían considerablemente.

El cannabis carece de evidencia como un medicamento verdaderamente aprobado por la FDA, y ambos tienen potencial de causar daños. En la mayoría de los casos, los riesgos del cannabis superan los beneficios aún por demostrar. Los expertos sostienen que el cannabis no es una terapia de primera línea, y consideran a los cannabinoides (donde es legal) solo después de que los tratamientos de primera línea basados ​​en la evidencia hayan fracasado.

El cannabis también tiene efectos adversos. La revisión de JAMA destacó que el consumo diario por inhalación se asocia con un mayor riesgo de enfermedad coronaria, infarto de miocardio y accidente cerebrovascular. Además, casi un tercio de los consumidores adultos de cannabis medicinal desarrollan un trastorno por consumo de cannabis.

El cannabis no es un milagro médico. Dado que han transcurrido décadas para demostrar su seguridad y eficacia, y que no se han presentado datos convincentes ni suficientes, no debemos exagerar sus beneficios. Por ejemplo, no existen indicaciones psiquiátricas aprobadas por la FDA para los cannabinoides, y la evidencia que respalda su uso terapéutico para trastornos psiquiátricos es limitada. La evidencia actual es insuficiente para respaldar la prescripción de cannabinoides para el tratamiento de trastornos psiquiátricos. Hasta la fecha, la evidencia que respalda la prescripción de cannabinoides más allá de las indicaciones de la FDA es más sólida para el manejo del dolor crónico y la espasticidad.

Existe evidencia clara de que los cannabinoides tienen potencial para causar daños, especialmente en poblaciones vulnerables como los adolescentes y aquellos en riesgo de sufrir trastornos psicóticos.

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8 oct 2025

El fin de las viejas categorías: integrar enfoques para una política de drogas efectiva


Thomas Kuhn sostenía que un paradigma sólo se derrumba cuando acumula tantas anomalías que deja de servirnos como lente. Entonces ya no explica, ni ordena, ni orienta. Hay palabras que envejecen mucho más rápido que las cosas que buscan nombrar. Algunas categorías se vuelven obsoletas y un estorbo, y en ese momento necesitamos algo nuevo para interpretar la realidad. Esa es la transición de paradigma que describe Kuhn: cuando las viejas palabras dejan de ser herramientas y se convierten en lastre, en peso muerto.

En el campo de las políticas sobre drogas viene sucediendo algo similar. Durante años hemos dividido las estrategias en dos categorías abarcativas: reducción de la oferta y reducción de la demanda. Reducir la oferta significa limitar la producción y el tráfico de drogas mediante controles policiales, judiciales, aduaneros e inteligencia criminal. Reducir la demanda apunta a prevenir el inicio del consumo, promover la asistencia y recuperación de las personas con adicciones, apuntalar la reinserción social y disminuir los daños.

Ambas son necesarias: una busca frenar la disponibilidad, la otra reducir la vulnerabilidad y el impacto en la sociedad. Sin embargo, y aunque el discurso oficial siempre las presentó como complementarias, en la práctica funcionaron de manera aislada y eso impidió la construcción de estrategias realmente integrales.

Hoy esas dos categorías, útiles en el momento de su génesis, resultan insuficientes para fenómenos que no reconocen fronteras rígidas. El auge de las drogas sintéticas lo demuestra con claridad: sustancias que se producen en laboratorios dispersos y móviles, que circulan simultáneamente por canales lícitos e ilícitos, y que alcanzan a consumidores cuya vulnerabilidad está atravesada por factores sociales, culturales y tecnológicos cada vez más complejos. En este contexto emergente, el viejo esquema de separar “oferta” y “demanda” ya no ofrece respuestas efectivas, del mismo modo que las tradicionales clasificaciones de tránsito, producción y consumo se vuelven obsoletas porque fragmentan una realidad que en el territorio se muestra entrelazada.

El problema emergente de las sustancias de síntesis (como el fentanilo) representa una amenaza radical para la salud pública, la seguridad y la cohesión social a nivel internacional, regional, nacional y local. Asimismo, introduce un reto cultural y político. Cultural, porque modifica patrones de consumo al incorporar sustancias de bajo costo, alta disponibilidad y efectos impredecibles que llegan con rapidez a poblaciones jóvenes y urbanas. Político, porque obliga a los Estados a repensar sus marcos de control, cooperación intra-agencias, vigilancia y estrategias preventivas.

La comprensión se vuelve difusa: ya no está claro qué sustancias se deben controlar, qué consecuencias sobre la salud se intentan prevenir ni a qué actor corresponde cada responsabilidad. Esa opacidad es lo que nos muestra que estamos ante un paradigma en crisis.

Pero el debate no es nuevo. Hace ya un tiempo que existe cierto consenso en reformular la forzada compartimentación oferta/demanda para orientar las acciones hacia un enfoque mucho más holístico e integrador, en el que la lógica de reducir la oferta y la demanda comience a funcionar como un sistema de vasos comunicantes, en el que los avances en un frente potencien los resultados en el otro (y viceversa).

Dicho de otro modo, sabemos que trabajar sobre la prevención temprana reduce la demanda de sustancias, recorta el mercado del narcotráfico y contribuye a mejorar los índices de seguridad ciudadana. Del mismo modo, poner el énfasis en la reducción de la oferta y venta de sustancias posibilita limitar la disponibilidad, encarecer el acceso y desincentivar el inicio en nuevos consumidores. Esto también debilita la capacidad de las redes criminales de expandirse en territorios vulnerables y abre espacio para intervenciones comunitarias sostenidas. Por eso, el desafío actual no es elegir entre enfoques, sino articularlos dentro de un nuevo paradigma integral que supere las viejas dicotomías. 

La tríada de la salud pública aplicada a la problemática de las drogas (objeto, sujeto y contextos) ofrece una posible vía para rediseñar y estructurar este incipiente nuevo paradigma. Ya no se trata de centrarnos en el objeto “drogas” (reducción de la oferta) o en las modalidades de relación que las personas establecen con ese objeto (reducción de la demanda). Si desplazamos la mirada hacia los contextos donde se producen, ofrecen, comercializan y consumen sustancias, podremos generar respuestas mucho más inteligentes: cooperación interinstitucional, urbanismo preventivo, entornos educativos fortalecidos y participación comunitaria como pieza clave.

Como dije anteriormente, no es cuestión de optar por oferta o demanda, sino de construir políticas que integren ambas dimensiones dentro de una estrategia de seguridad, salud pública y desarrollo social, y que incorpore la dimensión comunitaria. Esta conexión no significa perder autonomía por parte de las agencias gubernamentales ni subordinar a las organizaciones de la sociedad civil que trabajan en territorio a una lógica estatal rígida, sino establecer un intercambio bidireccional. El vínculo entre comunidad organizada y política pública termina potenciando la capacidad de respuesta y evita que las medidas nacionales se desconecten de la realidad local.

El Plan Bandera en Rosario constituye una experiencia ilustrativa de lo que puede significar un nuevo paradigma integral. El operativo articuló a la SEDRONAR, dentro de su marco de acción limitado dentro del Ministerio de Salud, con la Secretaría de Lucha contra el Narcotráfico y la Criminalidad Organizada del Ministerio de Seguridad en un esquema de intervención dual: la recuperación de espacios públicos y la contención territorial por parte de las fuerzas de seguridad, junto con la implementación de dispositivos comunitarios de prevención, asistencia y acompañamiento. 

Este modelo permitió accionar de manera simultánea sobre los mercados ilegales y sobre la vulnerabilidad social, evitando que la lógica de la seguridad quedara desligada de la lógica socio-sanitaria. Aunque todavía incipiente y con limitaciones en cuanto a su escala y sostenibilidad, la experiencia dejó un aprendizaje central: los resultados se potencian cuando la reducción de la oferta y la reducción de la demanda se piensan como parte de un mismo proceso y se anclan en la comunidad. El desafío pendiente es consolidar estas prácticas con organismos jerarquizados, presupuestos adecuados y coordinación estable, para que dejen de ser esfuerzos aislados y se conviertan en verdaderas políticas de Estado. 

El viejo paradigma ya no alcanza: ni explica, ni ordena, ni orienta. Frente al fenómeno global de las drogas sintéticas, seguir aferrados a categorías obsoletas resulta suicida. La oportunidad está en animarse a escribir nuevas palabras desde las políticas públicas, palabras que solo cobrarán sentido si nacen de la experiencia, la voz y la fuerza de la comunidad organizada.

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5 sept 2025

Estudio vincula la legalización de la marihuana en Canadá con una triplicación de casos de esquizofrenia

 


¿La liberalización del cannabis medicinal y la legalización del cannabis no medicinal en Canadá estuvieron asociadas con cambios en la fracción atribuible a la población de trastornos por consumo de cannabis asociados con la esquizofrenia? Un estudio de cohorte de base poblacional que se llevó a cabo en Ontario (Canadá) entre 13.588.681 personas de entre 14 y 65 años sin antecedentes de esquizofrenia, reflejó indicadores preocupantes en torno al consumo de cannabis y el desarrollo posterior o la aparición más temprana de psicosis y esquizofrenia. 

Mecanísticamente, la legalización aumentaría gradualmente el consumo de cannabis, lo que incrementaría la incidencia de psicosis, y las personas con psicosis incidente necesitarían entonces ser diagnosticadas en el sistema de salud. En consecuencia, los estudios que evalúan los cambios en la proporción de casos incidentes de esquizofrenia asociados al consumo de cannabis tras cambios en las políticas pueden proporcionar un indicador más temprano de las posibles asociaciones entre la legalización y la esquizofrenia.

Así, la política de cannabis en Canadá ha cambiado notablemente en las últimas dos décadas. El cannabis medicinal en Canadá ha sido legal desde 2001 para una lista limitada de condiciones médicas graves o crónicas y se amplió considerablemente en 2014 para cualquier persona con autorización médica de un médico que indique que se beneficiaría terapéuticamente del cannabis. En diciembre de 2015, el gobierno federal se comprometió a legalizar el cannabis no medicinal; después de este anuncio, hubo grandes aumentos en los dispensarios de cannabis medicinal y no medicinal ilícitos y del mercado gris, y en los vendedores en línea. La legalización del cannabis no medicinal entró en vigencia en octubre de 2018, convirtiendo a Canadá en el primer país del mundo en permitir la venta comercial de cannabis no medicinal. 

El estudio actual está situado en Ontario, la provincia más poblada de Canadá (14,5 millones de residentes). En Ontario, inicialmente hubo restricciones en la cantidad de tiendas de cannabis legal y los tipos de productos que podían salir al mercado. A principios de 2020, el mercado de Ontario comenzó a comercializarse con la introducción de nuevos productos con alto contenido de THC (concentrados, vaporizadores y comestibles) junto con la eliminación de las restricciones en las tiendas. Estos cambios de política, combinados con datos administrativos de salud robustos que capturan todos los encuentros del sistema de salud para todos los residentes de Ontario, brindan una oportunidad única para comprender la asociación de los cambios de política de cannabis con el riesgo de esquizofrenia.

A lo largo de los 17 años de estudio, 118.650 individuos (0,9%) tuvieron una visita de emergencia o una hospitalización por un trastorno por consumo de cannabis (TCC). Durante el período de estudio, 91.106 (0,7%) individuos desarrollaron esquizofrenia: 10.583 de 118.650 individuos con TCC (8,9%) desarrollaron esquizofrenia, en comparación con 80.523 de 13.470.031 individuos sin TCC (0,6%) . En comparación con las personas sin TCC, las personas con TCC tenían más probabilidades de ser hombres, ser más jóvenes (edad media 27,5), vivir en barrios de bajos ingresosy menos probabilidades de ser inmigrantes en Canadá. Los pacientes con TCC tenían niveles sustancialmente más altos de atención ambulatoria y aguda previa asociada con la salud mental y el uso de sustancias.

En este estudio de cohorte de base poblacional, la fracción atribuible a la población del trastorno por consumo de cannabis asociado con la esquizofrenia aumentó significativamente del 3,7 % en el período anterior a la legalización al 10,3 % durante el período posterior a la legalización. Estos hallazgos sugieren que la asociación entre los trastornos por consumo de cannabis y la esquizofrenia es una consideración importante para la legalización del cannabis.

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3 sept 2025

La mayor potencia y concentración de THC eleva el riesgo de psicosis

El cannabis presenta un riesgo significativamente mayor para la salud mental que hace dos décadas, según una investigación publicada en el Canadian Medical Association Journal. La concentración de tetrahidrocannabinol (THC) en el cannabis seco legal en Canadá aumentó cinco veces en los últimos 20 años, desde un 4% hasta un 20% en productos habituales.

Este incremento radical en la potencia encendió las alarmas entre expertos. El consumo regular de cannabis de alta potencia (más de un 10% de THC) vinculó con mayor riesgo de desarrollar psicosis, especialmente en hombres jóvenes con antecedentes de depresión o ansiedad.

Un análisis de 9.8 millones de historiales médicos en Ontario arrojó hallazgos contundentes. Las personas que requirieron atención de urgencias por consumo de cannabis enfrentaron un riesgo 14.3 veces mayor de desarrollar trastornos del espectro de la esquizofrenia. Este peligro escaló a 241.6 veces en casos atendidos por psicosis inducida específicamente por cannabis.

El tratamiento tras un primer episodio psicótico exige suspender inmediatamente el consumo, pues su continuidad elevó drásticamente las recaídas. Para síntomas graves, la medicación antipsicótica resultó esencial, mientras estrategias conductuales como terapia cognitiva demostraron eficacia para manejar adicciones y abstinencia.

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