13 jun 2024

El THC altera la actividad cerebral y puede causar deterioro cognitivo


Un estudio de imágenes cerebrales dirigido por investigadores del Hospital General de Massachusetts revela que el principal componente psicoactivo del cannabis o la marihuana altera las conexiones y la actividad normal de la corteza prefrontal del cerebro, una región crucial para la toma de decisiones y el autocontrol. Los hallazgos se publican en la revista Neuropsychopharmacology.

"Sabemos que el Δ9-tetrahidrocannabinol en el cannabis puede afectar el pensamiento y el comportamiento y potencialmente conducir a un deterioro cognitivo", dijo la autora principal Jodi M. Gilman, Ph.D., directora de Neurociencia del Centro de Adicciones del Hospital General de Massachusetts. "Esta alteración de la corteza prefrontal puede ser la base del deterioro cognitivo".

Los investigadores realizaron un estudio cruzado, aleatorizado, doble ciego, en adultos de entre 18 y 55 años que consumían cannabis con regularidad. Utilizando tecnología portátil de escaneo cerebral, los investigadores compararon la actividad cerebral de 128 participantes bajo la influencia del THC versus un placebo.

El THC se asoció con una disminución de la conectividad funcional dentro de la corteza prefrontal en relación con el placebo, con las conexiones más débiles entre aquellos que informaron una mayor gravedad de la intoxicación.

Además, el THC se asoció con una mayor variabilidad (o estabilidad reducida) de la conectividad funcional de la corteza prefrontal, lo que podría indicar una capacidad reducida del cerebro para adaptarse o reconfigurarse eficientemente a los estímulos cambiantes. Finalmente, el THC se asoció con una menor actividad general dentro de la corteza prefrontal .

"Necesitamos más estudios para comprender cómo los efectos cerebrales de la intoxicación aguda por THC se relacionan con el rendimiento cognitivo y el deterioro operativo", dijo Gilman.

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27 may 2024

El REPROCANN, la marihuana medicinal y el caballo de Troya


Existe algo llamado pirámide de la evidencia científica, que viene a dar cuenta de cuán confiables son los diferentes modelos de investigación. Según este modelo, cuanto más cerca de la cúspide, más sólidas y fiables serán las evidencias reportadas. Pero a la inversa, cuanto más cercanas a la base mayor es el riesgo de manipulaciones y sesgos ideológicos. 

En la actualidad es vasta la evidencia de que, valga la redundancia, aún falta mucha evidencia sobre las potencialidades terapéuticas de los cannabinoides presentes en la planta de marihuana. O dicho de otro modo, aún no existe comprobación suficiente para demostrar que los beneficios para la salud son suficientemente mayores que los perjuicios. Porque para garantizar la efectividad de un fármaco elaborado a base de cannabinoides, se necesita avanzar desde la base (la experiencia personal de los usuarios, la opinión de expertos, la recopilación informal de casos), sorteando distintas instancias de prueba, experimentación y validación, hasta la cúspide de la pirámide (estudios de revisión sistemática o meta-análisis). Y si en alguna fase exploratoria ese fármaco generara algún efecto paradojal significativo, o bien no se demostrara mejora sustancial en la función buscada, la investigación queda descartada. 

La ciencia y la medicina operan de formas diferentes a los parámetros ideológicos de la política. 

La ley original de marihuana “medicinal" N°27350, sancionada en el año 2017 bajo la administración del ex presidente Mauricio Macri, establecía un interesante marco regulatorio para la investigación médica y científica del uso medicinal, terapéutico y/o paliativo del dolor de la planta de cannabis y sus derivados, garantizando y promoviendo el cuidado integral de la salud y previniendo posibles desvíos. Lejos de negar el fenómeno, lo que buscaba esta norma era brindar un paraguas de certezas científicas para poder avanzar en este aspecto. Lo que taxativamente esa norma no contemplaba era la posibilidad del autocultivo de marihuana, algo penalizado por la ley de estupefacientes.

Fue muy sintomático que apenas unos meses después de que se promulgara la ley, un grupo de diputados impulsara una modificación intentando introducir la posibilidad de la tenencia y del autocultivo. Aún más sugestivo fue que tres años después, el decreto 883/20 firmado por el ex presidente Alberto Fernández modificó la reglamentación de la 27350, cambió diametralmente su espíritu original y, amparado en el supuesto fracaso del Estado en garantizar el acceso a la salud del grupo poblacional alcanzado por la normativa, creó el troyano perfecto para habilitar un instrumento para el tan reclamado autocultivo: el Registro Nacional de Pacientes en Tratamiento con Cannabis (REPROCANN). 

El decreto 883/2020 viene a ser la flecha descendente en la pirámide, la que nos acerca al relativismo ideológico y nos aleja de la evidencia científica que procuraba alcanzar la ley original del 2017. No sólo eso: al habilitar el autocultivo de marihuana para que cualquier persona elabore preparados “curativos” sin establecer qué cannabinoides son efectivos para qué dolencias, sin ningún tipo de protocolo de control sanitario, sin definir para qué usos, sin definir dosis, sin establecer contraindicaciones o riesgos, sin determinar edades, nos han convertido en conejillos de indias de una industria paralela del sanitarismo ilegal, que floreció al amparo de los grises normativos, la falta de controles, los desvíos, las avivadas y el vale todo. 

Por ejemplo, los famosos aceites de CBD (cannabidiol) que circulan libremente entre nosotros tienen una altísima toxicidad hepática. Está documentado y ampliamente comprobado el daño al hígado del consumidor, en especial en niños que están en plena etapa madurativa de este órgano, o en adultos mayores. En paralelo, convivimos con goteros y preparados de dudosa procedencia, que se comercializan en dietéticas y hasta en veterinarias. Pócimas y ungüentos magistrales que, para la creencia popular instalada, todo lo curan, todo lo sanan. 

Sin embargo, existen informes que demuestran que la marihuana no es mucho más efectiva que un placebo en, por ejemplo, paliar el dolor. Y que lo que existe es un condicionamiento social que predispone a la gente a confiar ciegamente en los beneficios, motorizado en gran parte por los medios masivos de comunicación, las revistas académicas y la información disponible en Internet. Sucede que si una persona cree que experimentará un alivio de su dolor usando un determinado producto o tratamiento, esto puede cambiar la forma en que terminan percibiendo las señales de dolor entrantes, haciéndoles pensar que su dolor es menos severo. 

No sólo eso. Las estadísticas oficiales demuestran un incremento del uso de marihuana en estos últimos tiempos. De acuerdo con el Observatorio Argentino de Drogas (OAD) de la Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina (Sedronar), la prevalencia año de marihuana en población general era del 3,2% en 2010, 7,8 por ciento en 2017 y casi 14 por ciento en la última medición del 2022. El consumo de esta droga casi se ha duplicado en cinco años, y se ha cuadruplicado en doce.

¿Explicación? Al amparo de la proclama "medicinal", se produjo una sistemática y metódica construcción de un imaginario social relativista y banalizador, una baja en la percepción del riesgo, un aumento en la tolerancia social, y una mayor disponibilidad de cannabis debido a las flexibilizaciones normativas sobre el autocultivo (y los desvíos, claro). Porque aunque parezca increíble, resultaba sencillo inscribirse en el REPROCANN para cultivar con fines “medicinales” y utilizar ese paraguas legal con fines comerciales ilícitos. Y para los inadvertidos que suponen que para eso está la ley penal y la fuerza pública, sepan que el Ministerio Público Fiscal siempre ha tenido severos inconvenientes para acceder a la base de datos de cultivadores en los tiempos y formas que dictan cualquier allanamiento por infracción a la 23737.

Por otra parte, cualquier política pública implica una determinada utilización de recursos del Estado destinados a resolver alguna situación problemática que, desde una perspectiva de accountability, responsabilidad y rendición de cuentas, deben ser evaluadas y dimensionadas según su alcance y su impacto en el conjunto de la población. En el caso de la marihuana “medicinal”, el REPROCANN y el invocado derecho al acceso a la salud, un relevamiento a cargo de la Universidad Nacional de Quilmes, la revista THC y el Centro de Estudios de la Cultura Cannábica Argentina (Cecca) pone en evidencia que existiría un sobredimensionamiento y una magnificación de un fenómeno que, sin negarlo, no sería lo suficientemente significativo como nos quieren hacer creer.

La investigación estimó que en Argentina hay cerca de un millón y medio de usuarios de cannabis, de los cuales sólo dos de cada diez la consumen con fines medicinales. Si desglosamos por edades y finalidades de uso, las pruebas son aún más contundentes. En la franja de los 16 a 24 años (representa el 49 por ciento del total país), nueve de cada diez accede a la marihuana con fines recreativos. Entre los 25 y los 39 años (43 por ciento del total), el uso recreativo representa el 80 por ciento. Y en el resto de la población comprendida entre los 40 y los mayores de 70 años (8 por ciento del total), en la que uno supone que existirían mayores problemáticas de salud, recién a partir de los 55 años el uso medicinal es mayor que el uso con finalidades recreativas. 

A confesión de partes relevo de pruebas. 

Bien sabemos que lo recreativo siempre antecedió a cualquier otro uso posible, y que lo medicinal fue la posverdad perfecta para modelar el imaginario social y abrir las puertas a la legalización de la marihuana.¿Estaríamos ante una normativa diseñada originalmente para acompañar y resolver las problemáticas de salud de unas 300 mil personas aproximadamente, pero que con el troyano del autocultivo para uso recreativo “responsable” terminó dañando exponencialmente a un gran conjunto de la población, especialmente a nuestros niños, niñas y adolescentes?  

Entre varias de las bombas activadas por la administración saliente, la gestión del presidente Javier Milei se encontró en el REPROCANN con un total de 375.000 registros (de los cuales más de la mitad tienen credenciales inactivas), y un cuello de botella de unas noventa mil solicitudes pendientes de revisión. Lo más llamativo es que sólo un 4 por ciento de estas nuevas inscripciones cumple con alguno de los diagnósticos afines al Programa Nacional para el Estudio y la Investigación del Uso Medicinal de la Planta de Cannabis y sus Derivados y Tratamientos No Convencionales. 

Por el contrario, ocho de cada diez prescripciones indicadas son por trastornos de ansiedad, insomnio y/o dolores. La lista de otras patologías o afecciones certificadas es realmente extensa y variopinta, desde dismenorreas hasta colon irritable. Algo así como una tómbola de diagnósticos en los que la marihuana emerge como la panacea. Algo así como dar en el blanco con los ojos vendados.

Dato color para el sinceramiento: el diagnóstico médico “con fines recreativos” alcanza el 3 por ciento de las solicitudes de inscripción sujetas a fiscalización en el REPROCANN.

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6 may 2024

Alerta por el incremento de síndrome de abstinencia de cocaína en neonatos en Argentina

No existe una base única y centralizada con indicadores que den cuenta de un fenómeno cada vez más habitual y creciente en Argentina. Pero el repetido hallazgo de rastros de drogas en los análisis realizados a bebés recién nacidos en hospitales de todo el país revela una incidencia cada vez mayor de adicciones entre mujeres embarazadas, que exige políticas efectivas de prevención y estrategias integrales de acompañamiento.

La última información remite al Ministerio de Educación, Cultura e Infancias de la provincia de Mendoza. Entre abril del 2023 y el mismo mes de este año, 120 infantes dieron positivo por cocaína en la pesquisa temprana que se realiza luego del alumbramiento en todos los hospitales públicos y privados de la provincia. Y al compararlo con el año anterior, existe un crecimiento del consumo de drogas en el embarazo y también durante la lactancia. En 2022 se registraron 60 pequeños tóxicos positivos en cocaína.

Entre 2018 y 2020, en el servicio de Toxicología del Hospital de Niños de La Plata, el porcentaje de consultas por casos de consumo de sustancias peligrosas en neonatos y lactantes pasó de un 2% a un 8%. En 2020 representaron un 54,1% sobre el total. En base a las 1700 consultas contabilizadas, de las sustancias detectadas en sangre, el 35% resultó ser cocaína, el 22% marihuana, el 18% alcohol, el 10% tabaco y el resto se reparte entre LSD, benzodiacepina y otras desconocidas.

El consumo de drogas durante un embarazo predispone a la prematurez y al retraso del crecimiento intrauterino. Habitualmente son bebés que dentro de la panza de la madre no alcanzan los estándares del crecimiento. Tienen baja talla, poco peso y un perímetro encefálico por debajo de los valores normales. Existe riesgo también de hemorragia cerebral. En estos casos, aumenta el riesgo de hemorragia materna y el desprendimiento de placenta, lo que lleva a una prematurez del niño. Estas cuestiones son sumamente complicadas y riesgosas tanto para la madre como para el recién nacido. 

Cuando el bebé que nace fue expuesto al consumo de sustancias se desarrolla un posible síndrome de abstinencia (por interrupción brusca de la sustancia con el corte del cordón umbilical) dentro de la primera semana de vida. Pueden aparecer apneas, dificultad para adaptarse a la vida extrauterina, iirritabilidad, trastornos en el sueño, rechazo a la alimentación, frecuencia cardiaca elevada e incluso convulsiones. También riesgo de muerte súbita. A largo plazo están descritas afecciones en el neurodesarrollo de los niños como déficit intelectuales, motrices, en la comunicación.

¿Y cuánto tiempo dura el síndrome de abstinencia neonatal? Según el daño que haya causado la sustancia en el organismo del bebé, puede haber consecuencias irreversibles. Una célula nerviosa dañada no se regenera. Pero, lo que refiere al tratamiento de desintoxicación al que se someten los nenes, tiene una extensión diferente según el caso que puede superar las dos semanas.

En el caso de no accionaer de forma holística, y de no realizar un acompañamiento integral, es probable que la transferencia de sustancias psicactivas se siga dando luego a través de la lactancia. al ser las drogas hidro y liposolubles, la leche materna es un vehículo favorable para que se absorba en el aparato digestivo del niño lactante. Por ello es que estrictamente se debería contraindicar la lactancia, y sugerirle a la mamá que se alimente con fórmula.

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23 abr 2024

Consumo de drogas: el tabú de la prevención

Uno de los peores azotes de nuestro tiempo, al menos en lo que respecta al enfoque preventivo en materia de uso y abuso de sustancias entre jóvenes, es la tácita aceptación de que las cosas son así porque no hay forma de modificarlas. Desde esta perspectiva cuasi resignatoria, el consumo ya viene dado, grabado en nuestra razón humana como un ADN indeleble. ¿Para qué luchar contra lo inevitable, si de todas formas sucederá y no podremos hacer nada para impedirlo?

La naturalización (o normalización) del consumo de drogas es, a mi entender, uno de los principales factores de riesgo que permitirían explicar y comprender esta conducta entre niños, niñas y adolescentes, y actuar en consecuencia. Es causa, y a la vez consecuencia, de una concatenación contextual de variables que se entremezclan y sedimentan a lo largo del tiempo. Porque la naturalización no viene dada, sino que es un constructo social.

Dicho de otro modo, si el sentido común mayoritario y preponderante lleva a los individuos de una sociedad a considerar ciertas acciones y creencias como naturales, las incorpora en su cotidianeidad de forma tan profunda que ni siquiera se las cuestiona. Recuerdo siempre una campaña de prevención y educación para la salud del año 2011, lanzada por el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad del gobierno de España. A lo largo de todo el spot se ponía en tensión el concepto de “normalidad” según cada etapa de desarrollo y crecimiento de los niños y niñas, reprochando la naturalización del inicio del consumo de alcohol a los trece años.

Aquella campaña tendría hoy absoluta vigencia, porque hacía eje en reflexionar acerca del gran peligro que reviste asignarle la categoría de “normal/natural” a hechos sociales como el uso de drogas. Porque si una sociedad renuncia a problematizar estas prácticas, se termina validando que se transformen en conductas habituales. Y con el correr de los años se vuelven inmodificables, porque han logrado desplazar el umbral del riesgo y de aceptación social. Es como una tuerca oxidada, casi imposible de remover.

Entonces, consecuencia directa de la naturalización, es la tolerancia social. Probado está que la desaprobación del conjunto a ciertos comportamientos dañinos o socialmente disvaliosos puede ser una fuerza potente para proteger la salud y la seguridad pública. Incluso algunos tabúes, algunos mojones de conducta no escritos pero enraizados en la comunidad, son eficaces como forma de impulsar cambios de comportamiento (positivos o negativos). Como ejemplo se me ocurre el reproche social a fumar en espacios compartidos, algo que es mucho más eficaz que cualquier posible sanción legal (más allá de que exista normativa específica para estos casos, y que el tabú suele anteceder al derecho).

Sepan disculpar. Quizás suena algo extremo plantear que ciertos impedimentos culturales, religiosos o sociales pueden llegar a constituir un potente factor de protección. Pero si sumamos otras variables al debate, la hipótesis de cómo ciertas normas comunitarias (que son mojones de comportamiento no escritos) actúan como diques de contención ante la normalización del uso de sustancias, puede fortalecerse.

En Suecia, las tasas de tabaquismo entre las mujeres igualan o superan a las de los hombres. En cambio en China, las tasas para los hombres son veinticinco veces más altas que para las mujeres. Estos indicadores nada tienen que ver con diferencias biológicas entre mujeres suecas y chinas, sino con el poder de la aprobación y/o desaprobación social en un contexto determinado.

Otro ejemplo. Los diez países con mayor proporción de personas con problemas de alcoholismo son europeos. En algunos casos, y sin que suene a justificativo, ciertas condiciones climáticas adversas resultan un detonante para el uso abusivo de las bebidas con alcohol. En contrapartida, las únicas regiones que ciertamente no tienen ningún problema con la bebida son Medio Oriente y el Magreb. La razón: la mayor parte de la población profesa el Islam, una religión que prohíbe el consumo de alcohol. El Islam se desarrolló en regiones muy secas, en parte desierto. En regiones donde el agua era un bien precioso y escaso, el consumo de alcohol resulta bastante desaconsejable no desde lo moral, sino desde lo biológico.

Lo que sucedió con el alcohol, en términos de tolerancia y de óxido, ahora está ocurriendo con la marihuana y sus pretendidas potencialidades medicinales. Creo que necesitamos urgentemente volver a poner al riesgo en el centro de nuestras estrategias preventivas, y a las adicciones y los usos problemáticos en el centro de la opinión pública. La normalización y la naturalización de ciertas conductas resultan determinantes para establecer prioridades en la agenda. Aquello que no se problematiza no merece atención ni intervención por parte de un Estado, y pasa a convertirse en un micro asunto de las personas afectadas y su círculo cercano que, por su escasa magnitud, no reúne el criterio de valor noticia que el periodismo requiere para otorgarle visibilidad mediática. Y viceversa.

El discurso público sobre las drogas también constituye una posible variable de modelaje contextual, que en sus extremos puede ser un factor de riesgo o de protección en función de que determina nuestros imaginarios sociales, la forma en cómo pensamos o cómo interpretamos la realidad en un espacio y tiempo determinados.

La subjetividad colectiva es otro factor de riesgo (o de protección). Vamos a otro ejemplo concreto. La ciencia aún no ha determinado la efectividad terapéutica del uso de ciertos componentes de la planta de cannabis, ni tampoco se ha podido establecer con certeza que los posibles beneficios superan a los perjuicios para la salud. Sin embargo, a lo largo de los últimos años, al amparo de sus supuestas propiedades panaceicas, se ha ido arraigando una mirada sumamente laxa y benévola en torno al consumo de marihuana con fines medicinales, que ha contribuido a reducir la percepción de riesgo.

Sucede que no importa mucho lo que algo es, sino lo que creemos que algo es. En tiempos de posverdades, creencia y evidencia no necesariamente circulan por carriles idénticos.

Y cuando una suposición se vuelve (supuestamente) mayoritaria y dominante, pensar distinto se torna un acto contracultural y revolucionario, a menudo insostenible para todos los que enarbolan pensamientos opuestos en el campo de la reducción de la demanda de drogas.

Así opera la espiral del silencio.Así se pasa de la sanción social a la normalización. Así se naturalizan ciertas conductas. Quizás no estamos muy lejos de empezar a visualizar a la prevención del uso de drogas como un nuevo tabú.

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16 abr 2024

Avanzan las iniciativas para incluir advertencias sobre los riesgos del consumo de alcohol

A partir de 2026, una ley exigirá que los envases de cerveza, vino y licor que se vendan en Irlanda tengan una etiqueta con dos advertencias en letras mayúsculas rojas: “HAY UN VÍNCULO DIRECTO ENTRE EL ALCOHOL Y LOS TIPOS MORTALES DE CÁNCER” y “EL CONSUMO DE ALCOHOL PROVOCA ENFERMEDADES HEPÁTICAS”. Este requerimiento, que se convirtió en ley el año pasado, está respaldado por investigaciones científicas de varias décadas y va mucho más allá de lo que cualquier otro país haya emitido hasta ahora sobre los riesgos para la salud derivados del consumo de alcohol. 

Las pruebas que vinculan el consumo de alcohol con el cáncer están bien fundadas. En 1988, el Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (IARC, por su sigla en inglés), de la Organización Mundial de la Salud, concluyó que el alcohol es un cancerígeno para los seres humanos. Las investigaciones en las décadas que siguieron no han hecho más que apuntalar esa conclusión, por ejemplo, en relación con el cáncer hepático, de mama, colorrectal y de esófago. En el mes de noviembre, la OMS y el IARC declararon en un comunicado conjunto: “No se puede determinar ninguna cantidad segura de alcohol para no desarrollar cáncer”.

El requisito ha desatado una fuerte oposición por parte de todas las empresas de bebidas alcohólicas en el mundo. A fines de 2022, un grupo de destacados países europeos exportadores de bebidas alcohólicas presentaron objeciones formales a la Comisión Europea, la rama ejecutiva de la Unión Europea, en las que alegaban que las etiquetas de Irlanda entorpecían el libre comercio y no eran ni adecuadas ni proporcionadas para disminuir el daño provocado por el alcohol.

En las reuniones de comités de la Organización Mundial del Comercio (OMC), en los meses de junio y noviembre, las agrupaciones comerciales y once países exportadores de bebidas alcohólicas, entre ellos Estados Unidos, manifestaron sus inquietudes, cuestionaron la validez científica de la advertencia de desarrollo de cáncer y alegaron que las etiquetas de Irlanda atentarían contra el libre comercio.

En comentarios presentados a la OMC, el Consejo de Licores Destilados de Estados Unidos tildó las etiquetas de “imprecisas” y “engañosas”. Este grupo también insinuó que “este importante objetivo de salud pública se gestionaría mejor” si fuera parte de una labor paralela para atender el cáncer en la Unión Europea, una zona donde se ha demostrado que la industria de las bebidas alcohólicas tiene una mayor influencia.

Pero al margen, la iniciativa de Irlanda está haciendo que algunos otros países presionen para tomar medidas parecidas. Por ejemplo en Tailandia el gobierno está en las etapas finales de redactar una normativa que requiere que los productos que contienen alcohol lleven imágenes gráficas acompañadas de advertencias con textos como “las bebidas alcohólicas pueden ser causa de cáncer”. En Canadá, el Parlamento presentó un proyecto de ley que exigiría que las etiquetas de todas las bebidas alcohólicas hablen de un “vínculo causal directo entre el consumo de alcohol y el desarrollo de tipos de cáncer mortales”. En Alaska también se avanza en un proyecto similar.

Resta mucho por hacer. Sólo una cuarta parte de los países exige algún tipo de advertencia sanitaria relacionada con el alcohol, y el lenguaje que debe usarse es impreciso. 

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